Dignidad humana

De Seminario de Antropologia
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ACERCA DE LA DIGNIDAD HUMANA

Persona, naturaleza y cultura


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Blanca Castilla de Cortázar

Real Academia de Doctores de España

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En los momentos de crisis es cuando –si no se cede a la desesperación-, se plantean las cosas más a fondo y se pueden conseguir convicciones que den sentido a la vida. ¿Qué es una convicción? Se podría describir como una verdad que ha pasado de la cabeza al corazón. Y hay quien ha dicho que el camino más largo es precisamente el que recorre esa senda.


El valor de la experiencia humana elemental

Sin embargo, ése no es el único modo. El sendero principal para llegar a las convicciones es la propia experiencia: los filósofos le llaman la experiencia humana elemental.

La experiencia es saber algo porque uno lo ha vivido. Se puede tener experiencia de la belleza de un atardecer, del miedo ante un peligro, de cómo resolver un tipo de problemas o de haberse enamorado.

Por otra parte, no sólo hay crisis personales, sino también de toda una civilización o de un momento histórico donde la crisis es generalizada. Hoy querría detenerme en una convicción que alcanzó la humanidad casi al completo tras la segunda guerra mundial. Habían sido seis largos años de mucho sufrimiento, de privaciones, muertes, ciudades destruidas, millones de personas perseguidas por su raza o por sus ideas. Se había vivido sin la libertad de poder expresar las propias ideas: había que ocultarlas para poder sobrevivir, se quemaban públicamente los libros para que la gente no tuviera en la cabeza más que las consignas de los partidos. Y miles de personas pasaron penalidades sin fin en los campos de concentración.

Posiblemente hayan leído alguna vez el testimonio de Viktor Frankl, las convicciones que adquirió en un campo de concentración. Les recomiendo la relectura de: El hombre en busca de sentido.

Cuenta Hannah Arendt –en la reciente película que lleva su nombre 2013-, que también estuvo en un campo de concentración, que allí se fomentaba deliberadamente el sinsentido: se humillaba a la gente de todos los modos posibles para que se convencieran de que eran piltrafas humanas, que no valían para nada, que era mejor que no hubieran existido. En esas circunstancias, de trabajos extenuantes -donde no había para comer ni para beber, la gente en los huesos, eran insultados, apaleados-, entonces no era difícil odiar. Y ese odio les consumía y terminaban muriendo, si no habían sido antes gaseados.

Viktor Frankl, que tenía cierta experiencia, por su profesión de psiquiatra, de bucear en la intimidad humana advirtió que el odio llevaba a la muerte. Quizá el detonante fue el “instinto” de supervivencia, pero lo cierto es que experimentó que por mucho que le hubieran quitado todo –el trabajo, la familia, la ropa, la comida,..-, había algo que nadie le podía quitar: su libertad interior. Él era poseedor de algo que era tan suyo que no pertenecía a nadie más: su intimidad, su pensamiento, su libertad. Y comenzó a fomentar un mundo interior, en el que tenían cabida los gratos recuerdos, el amor de su mujer, el ejercicio de su trabajo vocacional. Mientras le molían a trabajos físicos forzados y a hambre y sed, él pensaba en los momentos felices de su vida, en sus seres queridos y en cómo podría contar lo que estaba viviendo para que eso pudiera ayudar a otros y se imaginaba a sí mismo dando conferencias,… de modo que incluso aquel tipo de vida tan absurda, sufriente y humillante comenzó a tener sentido.

Esta experiencia no fue sólo de una persona. Hubo muchas, muchísimas que padecieron los horrores de la guerra, que se quedaron sin nada: sin seres queridos y sin bienes materiales y llenos de heridas, mutilados de guerra incluso sin poderse valer por sí mismos. Pues bien, tras tantos horrores, ha sido uno de esos momentos en que había un sentimiento común de que había cosas que eran inviolables, intocables, que si se quería que el mundo marchara mejor había que respetar. Se fue consciente de la dignidad humana y se retomó la noción de persona, para nombrar al ser humano –noción ausente en la Modernidad substituía por la de individuo-, para distinguirlo de las cosas, del resto de los seres individuales que no son humanos. Fue entonces cuando se promulgó “La declaración universal de los derechos del hombre”, aprobados por todos los países, incluso por China que carecía de esos vocablos.

¿Qué ha pasado desde entonces? Muchas cosas.

1)En primer lugar se ha perdido la convicción de que los derechos proceden de la dignidad personal. Se reconoce que hay derechos y sobre ellos ha de versar la justicia, pero no se quiere reconocer al menos explícitamente la razón de esos derechos. Esa falta deliberada de fundamentación viene a ser como si a un árbol florido y lleno de frutos se le cortan las raíces: tarde o temprano termina perdiendo hojas y frutos porque se ha secado.

2)En segundo lugar, y quizá por la razón apuntada, se sigue hablando de derechos humanos hasta el empacho. Es más, los derechos humanos, además de los fundamentales, sobre la vida, la educación, la libertad para contraer matrimonio, la libertad religiosa o de expresión, se han ido multiplicando en demasía. Se les ha llamado derechos de segunda o de tercera generación. Y ya no sé si vamos por la cuarta o quinta generación llegando al extremo de querer convertir los simples deseos o incluso los caprichos en derechos. Y sucede una contradicción in terminis, pues en virtud de algunos de esos derechos añadidos se conculcan los derechos fundamentales de otros. Pensemos si no pasa algo de eso en el supuesto derecho a abortar. Siendo así, ¿se trata realmente de un derecho? De hecho hoy nos encontramos en un mundo en crisis, donde toda una civilización se tambalea impotente, sin recursos intelectuales ni directrices de actuación, donde la corrupción y la descomposición son cada vez más generalizadas.

Ante esta situación es preciso recordar que las crisis sólo tienen una salida: volver a experimentar la vida de un modo genuino en busca de la adquisición personal de convicciones, cosa que nadie puede hacer por otro.

Aquí vamos a intentar responder al menos a dos preguntas que ayuden después a la reflexión personal:

1.¿Quién y por qué alguien es sujeto de derechos?

2.¿Cuál es la legitimidad de un derecho? O dicho de otra manera ¿cuál el criterio que permite advertir si un derecho es tal y no un deseo elevado ilegítimamente a la categoría de derecho?

La tesis a desarrollar es que el sujeto de derechos es la persona, por su intrínseca dignidad y cómo su propia dignidad es la que permite advertir si un derecho es realmente tal.

Qué es ser persona

Para profundizar sobre la persona y su dignidad es preciso en primer lugar distinguir entre las cosas y las personas y después plantear una ardua cuestión recogida en el título de esta conferencia: la distinción entre persona, naturaleza y cultura.

Según la filosofía de los griegos los seres se distinguen por su naturaleza. Cada ser es un individuo de una naturaleza determinada. Para saber cuál es la naturaleza de algo se suele hacer la siguiente pregunta: ¿Esto qué es? La respuesta al especificar lo que es, la señala, por ejemplo: esto es una manzana, un perro o un hombre. A esto los clásicos le llamaron substancia. Pero la filosofía de los griegos desconocía hasta la noción de persona (máscara).

Hizo falta probablemente el cristianismo para que se forjara la noción de persona que distinguía entre la substancia y la hipóstasis o persona (unión hipostática). Sin embargo, ese descubrimiento lo perdieron los divulgadores. Así Boecio dio una definición de persona, que se ha repetido hasta la saciedad, diciendo que la persona es “Una substancia individual de naturaleza racional”. Como se advierte en ella no se distingue entre substancia/hipostasis y la diferencia con otras substancias concretas está en lo que es, en su naturaleza, como si las personas fueran seres algo más evolucionados.

Sólo en el s. XX se ha vuelto a recorrer la historia del pensamiento para recuperar esa novedad. Pues la persona es algo más que una naturaleza más compleja o elevada. La persona es un ALGUIEN. Se trata de un gran salto del Algo al ALGUIEN y del Qué al QUIEN.

Cuando se pregunta por una persona no se pregunta: ¿Qué es esto? sino ¿Quién es este? Según san Juan Damasceno «El ser no significa en primera línea substancia, sino subsistencia, personal o no. Y la persona significa el Ser (to êinai)'» . Se trata, pues, de un importantísimo hallazgo -distinguir entre naturaleza y ser, entre naturaleza y persona-, al que Zubiri se refiere en diversos momentos para hablar del ser humano:

«Toda mi naturaleza y mis dotes individuales –afirma-, no sólo están en mí, sino que son mías. Hay en mí, pues, una relación especial entre lo que yo soy y aquel que soy, entre el qué y el quién, entre naturaleza y persona. La naturaleza es siempre algo tenido; la persona es el que la tiene».

Este mismo autor, después de recorrer la época en la que se habló de la persona, resume lo que sabe de ella diciendo que «en la articulación entre intimidad, originación y comunicación estriba la estructura metafísica última del ser» personal.

Y para explicar lo más profundo de la intimidad personal afirma que ser persona significa tener el propio ser en propiedad: «Ser persona es ser efectiva¬mente mío. Ser una realidad sustantiva que es propiedad de sí misma. El ser realidad en propiedad, he aquí el primer modo de respuesta a la cuestión de en qué consiste ser persona. La diferencia radical que separa a la realidad humana de cualquiera otra forma de realidad es justamente el carácter de propiedad. Un carácter de propiedad que no es simplemente un carácter moral. Es decir, no se trata únicamente de que yo tenga dominio, que sea dueño de mis actos en el sentido de tener derecho, libertad y plenitud moral para hacer de mí o de mis actos lo que quiera dentro de las posibilidades que poseo. Se trata de una propiedad en sentido constitutivo. Yo soy mi propia realidad, sea o no dueño de ella. Y precisamente por serlo, y en la medida en que lo soy, tengo capacidad de decidir. La recíproca, sin embargo, es falsa. El hecho de que una realidad pueda decidir libremente entre sus actos no le confiere el carácter de persona, si esa voluntad no le perteneciera en propiedad. El 'mío' en el sentido de la propiedad, es un mío en el orden de la realidad, no en el orden moral o en el orden jurídico».

Por tanto, se puede decir que, desde el punto de vista filosófico, ser persona consiste, a diferencia de las demás realidades del cosmos, en tener el propio acto de ser en propiedad. La persona está constituida por un núcleo interior del cual nacen sus acciones, del cual ella es propietaria, y nadie más tiene derecho de propiedad sobre ella. La persona es dueña de sí, tiene derecho a la autodeterminación, y nadie puede poseerla a menos que se entregue. Ahí radica su dignidad.

La persona es, por tanto, un ser que tiene valor por sí misma, independientemente de su estado o circunstancias. La dignidad la tiene en propiedad, no es otorgada ni por uno mimo ni por los demás. La dignidad de cada uno es recibida, por lo que no depende de los ojos del otro, ni de lo que otros le puedan dar. La dignidad no está en función de la utilidad de alguien, de su fuerza, belleza, inteligencia, riqueza o salud . La dignidad se tiene sólo por existir, por el don recibido del propio ser –único e irrepetible-, en propiedad. La dignidad habla del inmenso valor del hombre y de cada hombre, por muy pobre, débil o sufriente que sea, lo que implica la generosa disponibilidad hacia la otra persona y el acogimiento de toda vida humana, desde el momento que se anuncia hasta el momento en que se apaga.

Este es el fondo de lo que redescubre a través de la experiencia Víctor Frankl.

Se puede decir algo más acerca del ser personal. Como la persona tiene que ver con el ser más que con lo que es, propiamente no se puede definir sino sólo describir y esto se puede hacer de distintas maneras . El Concilio Vaticano 2 en la Constitución Gaudium et spes, 24 tiene un texto imponente: «Cuando el Señor ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno (Io 17,21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás».

Ese texto habla por una parte de que la dignidad radica en la imagen de Dios, pero aquí nos vamos a detener en la última frase, que es una consecuencia de ser imagen de Dios. En primer lugar, que el hombre es única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo. Esas palabras tienen que ver con lo dicho ya, que la persona tiene un ser y un valor propio (un cierto carácter de absoluto), que le hace apto para ser amado por sí mismo. La dignidad es una consecuencia de ser persona y ser persona es el un acto de ser (esse), único e irrepetible en cada uno, que actualiza el resto de las dimensiones psicosomáticas humanas. De ahí que la dignidad de la persona sea extensible al cuerpo y al sexo, porque están intrínsecamente unidos a la persona y son además la expresión visible de ese núcleo interior y personal.

Eso conlleva que la persona sea amada por sí misma y tenga una serie de derechos inalienables, empezando por la vida, la integridad física, el alimento, la educación, la libertad religiosa, para contraer estado, para comunicarse, etc. Los llamados derechos fundamentales.

La persona como don y tarea

Pero ahí no acaba todo pues la frase comentada continúa afirmando que el hombre (varón o mujer) no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás. Dicho con otras palabras que emplea con frecuencia Karol Wojtyla, el ser humano es don y tarea.

Cada persona es un don, en primer lugar para sí misma. Es obvio que nadie decide venir a la existencia, aunque tampoco es que sea arrojado a ella. Tras el existencialismo, una antropología realista reconoce que cada ser humano “nace y se hace” y que es tanto lo que recibe que cada cual es más de lo que sabe de sí mismo. “Si conocieras el don de Dios”, decía Jesús a la Samaritana (Jn 4,10), de ahí que no haya perdido vigencia ni dificultad la milenaria leyenda del templo Delfos: “conócete a ti mismo”.

La persona es un don para sí misma y un don para que sea SUYO. Eso mismo es decir que es radicalmente libre en cuando que es dueña de sí y responsable de sí misma. Pero eso mismo le hace capaz de poderse dar y a través del don de sí es como alcanza su plenitud.

Cada persona recibe, y recibe mucho: el Creador le dona su ser personal, que le hace única e irrepetible , sus padres le transmiten la naturaleza humana –cuerpo y mente-, con la herencia genética, y al nacer prematuramente se va configurando culturalmente a través del cuidado familiar, la educación y las posibilidades de su entorno, que también le son dadas y anteceden a su actuar libre.

Ya tenemos aquí las tres distinciones del subtítulo de esta lección: persona, naturaleza y cultura. La persona procede de Dios, los padres le transmiten la naturaleza –esos dos elementos son el comienzo-, y a partir de ahí comienza el crecimiento, a través de la alimentación, de la educación y del cariño, más necesario que el comer, que a grosso modo es la cultura. Cada uno parte de unas estructuras universales, aunque individualizadas –como la necesidad de alimento o descanso, la capacidad de hablar, el anhelo de saber y de amar y de formar su propia familia (Lévi Strauss)-, que se desarrollan culturalmente: la naturaleza humana es intrínsecamente cultural. Este es pues el tercer elemento: el crecimiento a través de la acción que también tiene que ver con la dignidad.

El ser humano va creciendo a través de los hábitos. La naturaleza física o animal no tiene apenas capacidad de aprendizaje, pero el ser humano tiene que aprenderlo todo y su capacidad de crecer es irrestricta –con el único límite del tiempo-, pues aunque su naturaleza tiene leyes no está completamente programada, por lo que Zubiri afirma que el hombre tiene una “esencia abierta” , y la mayor parte de sus cualidades las adquiere por autodeterminación. Esta apertura se caracteriza por la capacidad de TENER. El hombre “tiene” en su cuerpo y en su mente, no sólo vestidos y bienes materiales sino también destrezas corporales, manuales, atléticas, etc., que se tornan más profundas en la psique, con los hábitos intelectuales y los de la voluntad.

Pero, además de TENER, en cuanto PERSONA el ser humano es, sobre todo, capaz de DAR y de darse . La persona, ser libre e inteligente a radice, está hecho para amar libérrimamente –“porque sí” dicen en mi tierra-, y dar y darse gratuitamente.

Kant sostiene en su filosofía práctica que la persona es un Fin en sí misma, por lo que nunca ha de ser tratada como medio sino siempre como Fin. Pero siendo cada persona un Fin en sí misma, a su vez, no es fin para sí misma pues el fin de una persona está siempre en otra persona, a la que sale al encuentro o a la que abre la puerta. Y esto porque la persona es para la donación, para el amor: sólo cuando se vive “para-otro” es cuando se alcanza la plenitud, que consiste precisamente en haber aprendido a amar. Este vivir y ser-para otro no es un signo de limitación, porque forma parte de la imagen de Dios ya que también las Personas divinas viven cada una para las otras dos. Ciertamente, una persona sola sería “una desgracia absoluta” pues no tendría con quien comunicarse, a quien darse . La irreductibilidad de la persona no es aislante, afirma Leonardo Polo, de modo que la persona puede describirse también como “encuentro” con otra persona que se hace presente, a la que se puede amar y ser correspondido por ella.

Sin embargo, ni en Dios ni en el hombre la persona es sólo relación. En Dios, la Teología describe a la persona divina como “relación subsistente” es decir, una relación con valor por sí misma, aunque lo propio de la relación sea estar vertido a los demás. Algo parecido se puede decir respecto al ser humano, porque su relacionalidad está intrínsecamente unida a su ser, donde se encuentra su “centro”. El Ser de la persona no es un Ser a secas, como el del Cosmos, sino un SER-CON , o SER-PARA , o co-existencia . La apertura relacional se enclava, pues, en el mismo acto de SER personal.

Y si bien cada hombre nace prematuramente, inerme y dependiente en todo, el proceso hacia la madurez consiste en conseguir independencia a todos los niveles: físico, psíquico, profesional, económico y social. Este valerse por sí mismo, es la condición para poder vivir interdependiente , constituyendo y construyendo sus propias relaciones y su propia familia. Podríamos resumir, pues, esas dos dimensiones de la persona como “centro” y “encuentro”. Centro subsistente y abierto relacionalmente al encuentro con el otro.

La dignidad de la persona y los derechos humanos

La persona, al anunciarse su existencia ya ha recibido un ser en propiedad. Cuando se confirma un embarazo, es porque se detecta que en el seno materno habita un ser distinto de la madre. Hay muchas reticencias a llamarle persona, pero si la persona es el ser, ese ser es ya personal, valga el juego de palabras. Pues bien, el ser y los poderes otorgados en propiedad, de los que nadie más que el interesado es dueño implican al mismo tiempo la responsabilidad propia de desarrollarlos y hacerlos rendir: todo eso es crecimiento y cultura en el sentido amplio del término.

Una vez de haber descrito a la Persona, un acto de ser poseído en propiedad, que tiene una naturaleza y una dotación recibida y otra que va adquiriendo al golpe de sus decisiones libres, volvamos al tema de la dignidad. Se pueden distinguir dos sentidos de la dignidad, la ontológica y la adquirida, como describe Millán Puelles . En el primer sentido se trata de una dignidad radical -a la que aquí nos hemos referido hasta ahora-, y el segundo sentido es un plus de dignidad, que cada cual puede adquirir con su modo de vivir. En efecto, la conciencia de la dignidad propia y ajena y ser coherente con ella, hace que algunas personas tengan una autoritas personal, una respetabilidad y una influencia que emanan de su honradez y que se imponen sin violencia. También puede ocurrir lo contrario, cuando alguien no se respeta a sí mismo, y sobre todo, cuando no respeta la dignidad de otro, su propia dignidad resulta dañada.

En el pensamiento actual, una de las cuestiones sobre las que se ciernen más contradicciones es precisamente la libertad. Con frecuencia se la concibe como un poder para hacer lo que me apetece, sin ningún tipo de límite. Sin embargo, al sentido común no se le escapa que atropellar o destruir a otro no puede quedar impune. Uno no es libre para matar, aunque pueda hacerlo, porque la libertad no es un valor autónomo y exclusivo, sino que ha de ser compatible con la verdad de las cosas y sobre todo de las personas. La libertad pide desde sí misma un sentido (recordemos a Víctor Frankl), un por qué y un para qué.

Desde esta perspectiva, la dignidad es la categoría que en el lenguaje actual podría articular verdad y libertad, al reconocer que el hombre no es sólo libertad sino que la propia dignidad y la dignidad de los demás es la tarea y el logro de la libertad. La libertad orientada hacia la dignidad pone de manifiesto que siendo la persona un valor en sí misma sólo adquiere su plenitud destinándose a otro en la donación amorosa. Dicho con palabras de Viladrich: «La excelencia del valor de la persona consiste en ser un sujeto capaz de dar y recibir amor, generando una relación de comunicación tan íntima, singular y única como lo es él mismo y su amado, y pudiendo organizar esta relación de comunicación amorosa como una singular forma de vida unida, como un modo biográfico de ser y coexistir, como una historia propia y exclusiva».

Por lo tanto, respetar la dignidad propia y la de los demás no es tanto el límite sino el éxito de la libertad. En consecuencia, se transforma el significado de cultura, que es no sólo una herencia que se recibe por medios extragenéticos sino también y ante todo el resultado de la acción libre y creativa, que modifica lo exterior y al propio sujeto que la realiza, siempre frente al reclamo de la dignidad.

Si retomamos en este punto el tema de los derechos humanos, podremos advertir que la colisión de derechos es solo aparente pues un auténtico derecho es expresión de dignidad, que pide a uno mismo y a los otros el ser respetado y su respeto es precisamente un incremento en dignidad.




Notas:

  • Cfr. SCOLA, A., La experiencia humana elemental. La veta profunda del magisterio de Juan Pablo II, ed. Encuentro, 2005.
  • ZUBIRI, Xavier, Naturaleza, historia, Dios, 9ed. Alianza 1987, p. 477.
  • Ibídem, p. 477.
  • Ibídem, p. 475.
  • ZUBIRI, Xavier, Sobre el Hombre, Alianza 1985, p. 111.
  • Cfr. RATZINGER, José, El elogio de la conciencia, ed. Palabra, Madrid 2010, p. 48.
  • CARDONA, Carlos, Metafísica del bien y del mal, Eunsa, Pamplona 1987, p. 90: «alguien delante de Dios y para siempre».
  • "Nosce te ipsum". "Conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses". (Traducción latina de la máxima griega inscrita en el Templo de Apolo (Delfos)). Esta inscripción, puesta por los siete sabios en el frontispicio del templo de Delfos, es clásica en el pensamiento griego
  • «Lo nuevo aparece en forma de milagro. Del hombre capaz de acción cabe esperar lo inesperado, lo infinitamente improbable. Y, una vez más, esto es posible sólo porque cada hombre es único, de modo que con cada nacimiento algo singularmente nuevo entra en el mundo. Con respecto a este alguien que es único cabe decir verdaderamente que nadie estuvo allí antes que él (… de modo que) la pregunta planteada a cada recién llegado es “¿Quién eres tú?”»: Hannah ARENDT, La condición humana, Paidós, Barcelona, 1993, p. 202.
  • Cfr. LÉVI-STRAUSS, Claude, Las estructuras elementales de parentesco, Paidós, Buenos Aires, 1981.
  • Pintor-Ramos señala que Zubiri «filósofo profundamente preocupado por la persona, desde los inicios de su pensamiento, hasta el punto de que no es disparatado pensar que la peculiaridad metafísica de la persona como esencia abierta es el gran argumento contra el sustancialismo metafísico tradicio¬nal»: PINTOR RAMOS, Antonio, Las bases de la filosofía de Zubiri: realidad y verdad, Publ. Univ. Pont. Salamanca 1994, p. 288, nota 52.
  • Cfr. POLO, Leonardo, Tener y dar, en Sobre la existencia cristiana, Eunsa, 1996, pp. 103-135.
  • Polo afirma en diversos lugares que «no tiene sentido una persona única. Las personas son irreductibles; pero la irreductibilidad no significa persona única. (...) La irreductibilidad de la persona no es aislante»: POLO, Leonardo, Presente y futuro del hombre, Rialp, Madrid 1993, p 161. Incluso afirma que «una persona única sería una desgracia absoluta»: Ibídem, p. 167, o «un absurdo total»: La coexistencia del hombre, en Actas de las XXV Reuniones Filosóficas de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Navarra, t. I, Pamplona, 1991 p. 33, razón por la que defiende que la persona es ontológicamente co-existencia.
  • Cfr. POLO, Leonardo, Libertas transcendentalis, en «Anuario Filosófico» 26 (1993/3) p. 714. Una persona requiere pluralidad de personas, al menos otra. Dicho con otras palabras, «el mónon no puede ser un transcendental personal. El transcendental personal es la diferencia, el no ser una sólo persona. ¿A quién me doy? ¿Me doy a una idea, me doy al universo?».
  • Cfr. ROF CARBALLO, Juan, El hombre como encuentro, Alfaguara, Madrid 1973.
  • Cfr. TOMÁS de AQUINO, Summa Theologiae, I, q. 29, a. 4: En Dios no puede haber más distinción que la que proviene de las relaciones de origen. Las relaciones en Dios no son accidentales sino subsistentes. Por consiguiente la persona en Dios significa la relación de origen en cuanto subsistente.
  • Heidegger, al elaborar una analítica del «Dasein», trata de superar el aislamiento en que queda el yo en la filosofía occidental, incluso en el pensa¬miento de su maestro Husserl, a pesar de los esfuerzos de la quinta meditación cartesiana. Concibe el «Da-sein» como «Mit-sein». El Da-sein es siempre un ser-con-otros. Cfr. HEIDEGGER, Martin, Ser y Tiempo, FCE, Buenos Aires 1987, cap. IV, pp. 133-142.
  • Cfr. LEVINAS, Emmanuel, Totalidad e infinito. Ensayo sobre la exterioridad, ed. Sígueme, Salamanca 1977; Humanismo del otro hombre, Siglo XXI, México 1974; Otro modo que ser o más allá de la esencia, Sígueme, Salamanca, 1987.
  • Cfr. POLO, Leonardo, Antropología transcendental I: La persona humana, Eunsa 1999.
  • Cfr. COVEY, Stephen R., Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, Paidós, Barcelona, 1997.
  • Cfr. MILLÁN PUELLES, Antonio, Sobre el hombre y la sociedad, ed. Rialp, Madrid 1979.
  • VILADRICH, Pedro Juan, El valor de los amores familiares, ed. Rialp, Madrid 2005, p. 33.