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El Conocimiento intelectual y personal

De Seminario de Antropologia

Conocimiento - El conocer humano


Tabla de contenidos

[editar] Los habitos innatos

La persona humana dispone de un conocer intelectual superior al de la razón. Sólo se conoce que la razón es una ‘potencia’ o ‘facultad’ si se la conoce desde una instancia superior a ella. La razón conoce lo inferior a ella, y algo de ella (sus ideas con sus actos, y sus actos con sus hábitos), pero no se conoce a sí misma de modo entero, es decir, como facultad, ni menos aún lo superior a ella. Además, lo que la supera es ontológica y gnoseológicamente previo a la activación de la razón, pues la razón es inicialmente potencia pasiva. Por eso requiere de un acto que la active. A tal acto Aristóteles lo llamó entendimiento agente. Como este acto es radical en el ser humano, se puede hacer equivaler al acto de ser personal humano, visto éste como ‘ser cognoscente’ o como ‘conocer a nivel de acto de ser’.

Con todo, este acto cognoscitivo –el intellectus agens–, raíz de todo conocer humano, no activa directamente a la inteligencia, sino que se sirve de un instrumento cognoscitivo innato. Además, cuenta innatamente con otros dos instrumentos cognoscitivos para diversos menesteres: uno de ellos le permite conocer los primeros principios o fundamentos de lo real extramental; otro, conocer la propia intimidad humana. El instrumento inherente del que se sirve el intelecto agente para activar a la razón, el instrumento inferior de los indicados, es el hábito innato de la sindéresis, con lo llamó San Jerónimo. Otro, el intermedio, es el hábito de los primeros principios, denominado así por Aristóteles. El superior, coincide con el conocimiento que, según Tomás de Aquino, el alma tiene de sí misma, conocer al que se se puede llamar originario; éste es, en cierto modo, equivalente a lo que Aristóteles llamaba hábito de sabiduría.

[editar] La sindéresis o el “yo”

El nombre medieval de este hábito es “sindéresis”. En cambio, la filosofía moderna, que desconoce los hábitos, suele hablar de “yo”. Se trata de un hábito innato, es decir, de una dotación creatural recibida de Dios, no adquirida. ‘Hábito’ indica posesión, perfección natural. Por eso, este hábito no puede pertenecer a la razón, porque ésta es nativamente tabula rasa. Lo que se posee a través de la sindéresis es el conocimiento y dominio de todas las potencias humanas. Es la puerta abierta de nuestra intimidad personal a lo menor que es nuestro o nos pertenece. Por tanto, por medio de esta apertura conocemos cómo es y como debe desarrollarse nuestra naturaleza humana, es decir, qué sea lo que se denomina derecho natural. Como es un hábito cognoscitivo, e innato, es la fuente de todo conocer adquirido racional posterior. En efecto, es el instrumento del que se sirve la persona humana para activar y desarrollar la razón en todas sus vías operativas (formal, teórica y práctica). No sólo para activarla o conocerla, sino también para dotarla de más capacidad cognoscitiva mediante los hábitos adquiridos.

La sindéresis también se requiere para activar, conocer y perfeccionar a la voluntad, porque la voluntad también se conoce y se desarrolla, pero no por ella misma, pues no es espontánea, sino, asimismo, potencia pasiva. Además, no es ella la que se conoce, ya que no es cognoscitiva. Tampoco la conoce la razón, porque la razón no puede abstraer ni la voluntad, ni sus actos ni sus virtudes, ya que estas realidades no son sensibles. Por eso, la voluntad también requiere de un principio activo que la ponga en marcha, la conozca y refuerce perfectivamente su querer conformando en ella las virtudes.

Por otra parte, la sindéresis también conoce las potencias o facultades sensibles. Esta hábito innato es, pues, la puerta abierta con que cuenta inicialmente la persona humana para hacerse cargo, activar, iluminar y desarrollar su naturaleza humana. Es, por tanto, una luz que ilumina lo inferior a ella, aquello que pertenece –no es– a la persona humana. En efecto, la sindéresis es el “yo”, pero el “yo” no es la “persona”, sino inferior a ella. Nadie se reduce a su “yo”. El “yo” es la puerta abierta de la persona a lo inferior humano que le pertenece. En efecto, las facultades sensibles e inmateriales no son la persona, sino de la persona. Mediante la sindéresis o el “yo” cada persona conoce y gobierna dichas potencias; las ‘personaliza’. Si no lo hace, tales potencias no se desarrollan y, en consecuencia, le son menos útiles a la persona. Tomás de Aquino advirtió que este hábito activa a la razón práctica formando hábitos en ella, y asimismo, a la voluntad, conformando virtudes en ella. En efecto, el “yo“ refuerza el querer de la voluntad, pues una cosa es el “querer” de la voluntad, y otra superior es el “querer querer”, propio de la sindéresis, pues si el “yo” no quiere, no cabe querer en la voluntad.

A lo que precede hay que añadir que la sindéresis o el “yo” también conoce las demás vías operativas de la razón, así como todas las potencias sensibles. Las conoce directa y experiencialmente, es decir, sin razonamiento. El darnos cuenta de cómo está, por ejemplo, nuestra vista, oído, imaginación, memoria sensible, la razón en tal o cual área de conocimiento, es un conocer debido a esta luz. La sindéresis es la mirada abierta que descubre el sentido, la verdad, de las potencias humanas. Como las facultades o potencias conforman la naturaleza humana, mediante la sindéresis sabemos qué es el hombre. Por ella no conocemos ‘quién es’ la persona, es decir, no conocemos el sentido personal de cada persona novedosa e irrepetible, sino su naturaleza humana, que es ‘común’ a los hombres, y que acompaña por herencia natural (debida a los padres) a cada persona. Por eso, mediante este hábito innato estamos abiertos a conocer que los demás son ‘hombres’, es decir, a conocerlos en su ‘humanidad’, no en su ‘intimidad’ personal.

Entonces, ¿por qué se decía en la filosofía medieval que lo propio de la sindéresis es conocer los ‘primeros principios prácticos’? Porque las potencias o facultades que conforman la naturaleza humana no son estáticas, sino vivas, activas, y, por tanto, diseñadas para actuar. Por eso, cuando la sindéresis conoce a dichas potencias sabe cómo deben actuar y cuál es su fin y, en consecuencia, qué sea para ellas actuar bien o mal, es decir, cuáles son los principios correctos de actuación. Por eso, en atención a lo que precede, hay que indicar que la sindéresis es la clave de la ética. En efecto, la ética no puede darse sin bienes reales, sin normas en la inteligencia y sin virtudes en la voluntad. Si falta alguna de estas tres bases, la ética que resulta es defectuosa. Como la sindéresis activa a la inteligencia, para que ejerza normas, y a la voluntad, para que desarrolle virtudes, la sindéresis favorece, respectivamente, que una conozca y que otra se adapte a bienes reales cada vez mejores; es decir, promueve la ética. La ética estudia el obrar humano no el ser. El obrar es segundo respecto del ser. Por eso, la sindéresis conoce la ética, no la intimidad personal humana. Y, también por eso, la ética no es la antropología. A temas distintos, niveles cognoscitivos diversos.

[editar] El hábito de los primeros principios

En la filosofía medieval se le llamó “intellectus”, y se distinguía el conocimiento intelectual del racional. Al primero se le designaba como directo, intuitivo, experiencial; al segundo, en cambio, mediato, procesual, discursivo. El tema de este hábito son los primeros principios. ¿Qué son los primeros principios? Son las realidades fundamentales, de las que principian las demás. Son los actos de ser reales extramentales. ¿Cuáles son? Son el acto de ser del universo, el acto de ser divino y la dependencia de uno respecto del otro. A esa dependencia también se la llama causalidad trascendental, para distinguirla realmente de las cuatro causas físicas, que se llaman predicamentales (material, formal, eficiente y final). Los primeros principios reales los conocemos sin discurso, es decir, por intuición. Pero como esas realidades son superiores al hábito, éste, que intuye su existencia, no las desentraña. Por eso, aunque por medio de este hábito estamos abiertos nativamente a conocer que Dios existe, lo vemos como el Origen del ser, pero no sabemos en qué consiste el Origen. Asimismo, aunque por este conocer sabemos que el universo existe, no sabemos todavía en qué consiste su ser como distinto de los demás. También sabemos por él que el ser del universo depende del ser divino, pues como decía [[Tomás de Aquino]], “el ser que inhiere en las cosas creadas no se puede entender sino como deducido del ser divino” (De Pot., q. 3, a. 5, ad 1); pero todavía no sabemos bien en qué radica esa dependencia.

Como se puede apreciar, este hábito no mira hacia lo inferior nuestro, ni a nuestro interior, sino hacia lo superior externo. A distinción de los temas propios de la sindéresis, que son inferiores a dicho hábito, los actos de ser extramentales son superiores al hábito de los primeros principios, porque este hábito no es un primer principio. Tampoco la persona humana lo es, pues el ser humano no es el fundamento de otras realidades. Al ser inferior a sus temas, el hábito de los primeros principios se subordina a sus temas; su luz no los patentiza, sino que los sigue. Este conocimiento es el fundamento del conocimiento cierto de toda la realidad. En efecto, cuando conocemos la índole de las cosas intramundanas suponemos que el universo existe de modo persistente, es decir, que no deja de ser, que el ser divino existe y que el universo depende de Dios. Negarlo equivale a no ejercer este hábito, a olvidarlo y ceñirse al conocer que nos permite la razón, que es un conocer inferior a éste y que forma ideas de esas realidades. Entonces, se empieza a dudar, por ejemplo, que Dios exista, porque, evidentemente, la idea de Dios no es Dios.

El progresivo ejercicio de este hábito permite conformar una disciplina filosófica muy alta: la metafísica. Ésta tiene tres partes:

a) Por un lado, el estudio del acto de ser del universo, como distinto realmente de su esencia (las cuatro causas), estudio al que se puede llamar ontología.
b) Por otro lado, el estudio del acto de ser divino, que es simple o idéntico, es decir, que no es realmente diverso de su esencia. A esta parte se la suele llamar teología natural.
c) Por otro, la dependencia del acto de ser creado respecto del acto de ser divino. Este estudio se puede llamar tratado de la creación. Con todo, muchos autores no disciernen el nivel cognoscitivo propio del hábito de los primeros principios de otros propios de la razón. Por eso incluyen dentro de lo que ellos llaman ‘metafísica’ temas propios de ‘filosofía de la naturaleza’ (las causas), de ‘teoría del conocimiento’ (objetos, actos, hábitos), de ‘psicología’ (facultades o potencias), de ‘ética’ (actos, virtudes), de ‘antropología’ (acto de ser personal humano), y de otras muchas realidades. Por eso hablan, por ejemplo, de ‘metafísica de la familia’, ‘del trabajo’, ‘del juego’, ‘de la historia’, etc. Pero esas denominaciones no son correctas, pues a cada nivel de conocimiento le corresponden sus temas propios y no conviene mezclar niveles y temas, pues si se conocen realidades con niveles cognoscitivos inadecuados, se conocen menos.

[editar] El hábito de sabiduría

En la filosofía medieval, siguiendo a Agustín de Hipona, se distinguía entre razón superior (ratio superior) y razón inferior (ratio inferior). Las llamaban así porque los pensadores advirtieron que un modo de conocer humano mira a realidades superiores y otro a las inferiores. Se decía que el hábito de los primeros principios y el de sabiduría pertenecían a la razón superior, mientras que el de ciencia, por ejemplo, pertenece a la inferior. La sabiduría es el hábito humano superior; el instrumento más cognoscitivo del intelecto agente. Su tema propio es la intimidad personal humana. Por medio de él sabemos que somos persona; una persona distinta a las demás, novedosa, irrepetible, sin precedentes ni consecuentes, con un sentido propio. Es la luz interna en la misma intimidad humana. De modo semejante al hábito de los primeros principios, el tema del hábito de sabiduría, la intimidad personal, es superior al propio hábito. Por eso, mediante este conocer no alcanzamos a saber enteramente quién somos, pues nuestro sentido personal desborda lo que de nosotros alcanza a conocer este hábito. La persona tiene conocimiento habitual de sí por el que conoce que existe, y, en parte, por el que conoce quién es y quién está llamada a ser.

Este hábito permite conformar una disciplina filosófica superior todavía a la metafísica: la antropología, pero no cualquier versión de ésta, sino la que mira a desentrañar la intimidad humana. En efecto, hoy existen varios tipos de antropología:

a) Cultural, muy moderna, que estudia en mayor medida las manifestaciones humanas, las costumbres, ritos y productos que elaboran los hombres.
b) Filosófica, más clásica, que parte señalando que el hombre es un compuesto de alma y cuerpo, y luego explica las diversas facultades o potencias sensibles e inmateriales que conforman el compuesto humano.
c) Trascendental, que estudia el acto de ser personal humano abierto a la trascendencia divina.

Lo que el hábito de sabiduría alcanza a conocer del acto de ser personal humano es que es compuesto, es decir, que no es simple (simple sólo es Dios), sino conformado por diversas dimensiones, cuya distinción entre ellas es jerárquica. Un ser que careciera de alguna de esas características no sería persona. Esas propiedades están vinculadas entre sí, de modo que no cabe una sin otra, pero las inferiores se subordinan a las superiores. Tales notas son nativas, es decir, no se adquieren; no se llega a ser persona, sino que se es persona desde el instante de la fecundación. Si un ser no fuera nativamente persona, no lo llegaría a ser nunca, porque el acto de ser personal es superior a cualquier otra perfección que éste puede adquirir durante su vida (ética, de hábitos racionales, de virtudes de la voluntad, de capacidad lingüística, laboral, técnica, económica, etc.). Las notas de la persona son, por tanto, como la raíz de todas las demás, que son menores que éstas.

Una de esas perfecciones es la libertad personal. Cada persona es una libertad personal distinta. La persona es espíritu, y la libertad es la actividad del espíritu. Otra, superior a la precedente, y a la que se debe orientar la libertad personal, es el conocer personal. Esto significa que cada persona es una ‘verdad’, un ‘sentido’ personal distinto; pero esa verdad o sentido no son pasivos, sino activos, y esto indica que la persona es un acto de ser cognoscente. Si la libertad es inferior a la verdad personal tiene que tener a ésta como norte. Por eso la verdad (y las demás, que dependen de ésta) libera. La noción clásica de entendimiento agente equivale dicha verdad activa, al conocer personal humano; no al conocer de una facultad (como la razón), sino al conocer a nivel de acto de ser. La perfección personal superior de la intimidad personal es el amor personal. Cada persona es un amor distinto. Nótese que no se trata del querer de una potencia (ej. la voluntad), sino del amar personal. La distinción es neta, porque las potencias quieren aquello de que carecen; en cambio, el amor personal no es carente, sino desbordante. Tal amor tiene varias dimensiones: la superior es aceptar; la segunda es dar. Es así porque la persona humana es criatura, y lo primero en una criatura no puede ser dar, sino aceptar. ‘Aceptar’ no significa ‘recibir’, pues aceptar es activo, mientras que recibir es pasivo. La tercera dimensión del amar personal es el don, porque la persona humana muestra con obras que ama, es decir, que acepta y da. El amar personal atrae al conocer personal. Por eso, un amar que no descubre el sentido personal del amado no es personal. A la par, un amar que no es libre, tampoco es personal. Y como la persona es exclusiva, irrepetible, el amar a la persona como tal comporta exclusividad.

[editar] El conocer natural

[editar] Descripción

El hábito de sabiduría nos permite conocer que somos un conocer distinto e irrepetible, y que éste es fuente de todo otro conocer inferior. Pero como este conocer o verdad activa y personal es superior al propio hábito de sabiduría, mediante tal hábito no podemos conocer enteramente quién somos como seres cognoscentes, ni tampoco cuál es el tema personal propio de este conocer personal. Algo similar advirtió Aristóteles cuando dijo que el intelecto agente es ‘acto’ respecto del posible, pero a la hora de describir su naturaleza, lo hizo escuetamente: es ‘separable, sin mezcla e impasible, en acto, eterno, anterior a la razón, inconsciente’ (De anima, III, 5). ‘Separable y sin mezcla’, porque es inmaterial y no se mezcla con el cuerpo, es decir, no tiene soporte orgánico; ‘impasible y siempre en acto’, porque no es una potencia (como lo es la razón), sino que está permanentemente en acto; ‘anterior a la razón’, porque es acto desde el inicio, y lo es respecto de ella; ‘inmortal y eterno’, porque perdura tras la muerte; ‘inconsciente’ porque la conciencia de que existe llega tarde y es inferior a él, pues lo conoce, por así decir, por sus ‘efectos’, uno de los cuales es la abstracción. Tal conciencia es el hábito de sabiduría.

[editar] Interpretaciones del intelecto agente

El descubrimiento aristotélico del intelecto agente es tan admirable como mal interpretado a lo largo de la historia de la filosofía. En efecto, se han dado, al menos, las siguientes versiones erróneas:

1) sustancialismo: el intelecto agente es una sustancia separada: el mismo Dios o un ángel que ilumina a los hombres;
2) monopsiquismo: el intelecto agente es el alma de la humanidad, una para todo el género humano;
3) hilemorfismo: el intelecto agente es la forma del alma; la razón es la materia.
4) potencialismo: el intelecto agente es una ‘potencia’ del alma humana;
5) habitualismo: el intelecto agente es un ‘hábito innato’;
6) formalismo–nominalismo: el intelecto agente no es realmente distinto de la razón, sino sólo ‘formalmente’, es decir, son actos distintos de la misma potencia; más aún, uno y otro se distinguen sólo ‘nominalmente’;
7) virtualismo: el intelecto agente es una fuerza o ‘virtud’ del alma.

Frente a estas versiones equivocadas del intelecto agente cabe otra correcta: es el acto de ser personal humano (esse hominis). Resulta inusual o desacostumbrado identificar el ser del hombre con el intelecto agente. La mayoría de manuales de gnoseología lo reducen a su función de abstraer, o sea, hacer inteligibles en acto las imágenes de la imaginación. Alguno, incluso, le priva de su actividad cognoscitiva puesto que quien conoce dicen es la razón, no él. Otros lo identifican con una virtus causativa o factiva, sin caer en cuenta de que el conocer no efectúa nada, y menos aún a este nivel. Es verdad que el intelecto agente se sirve de un hábito innato –la sindéresis– para activar a la razón a la par que universaliza las imágenes de la fantasía, pero ni las imágenes particulares, ni los objetos o ideas universales, ni la misma razón son su tema propio. En efecto, lo inferior no puede ser el fin o tema del conocer personal humano, porque si lo fuera, se subordinaría la persona a lo impersonal. De otro modo: un conocer personal no puede tener como tema una realidad impersonal. Además, si el intellectus agens es sumamente activo, su tema no puede ser pasivo. Lo que precede indica que si el intelecto agente es el conocer personal, su tema tiene que ser una persona distinta, puesto que ningún conocimiento es reflexivo respecto de sí, es decir, en todo conocer hay que distinguir siempre entre método cognoscitivo y tema conocido. Ahora bien, ¿qué ser personal es el tema propio del intelecto agente?

[editar] El tema del intelecto agente

El tema del intelecto agente tiene que ser un ser personal cognoscente, pero no cualquier persona. ¿Cuál, entonces? Aquel ser personal que conozca por entero al intelecto agente, a saber, su Creador. Su tema es, pues, el ser divino, un Acto de Ser cognoscente que conoce nuestro ser personal cognoscente. Con todo, es claro que nuestro conocer personal no desvela al Ser divino, porque su Acto es desbordante respecto del intellectus agens. En efecto, el conocer activo del intelecto agente respecto de Dios es más bien un ‘buscar’ que un patentizar, porque el tema desborda la capacidad noética del método. Ahora bien, si el intelecto agente está a nivel de acto de ser personal humano, se puede describir a la persona humana como un ‘buscador’. En consecuencia, la clave del conocer humano no radica en constatar por los sentidos la realidad externa (empirismo), ni formar ideas claras y distintas (racionalismo), ni pretender la identidad entre el sujeto pensante y la totalidad de los objetos –ideas– pensados (idealismo), sino en ‘buscar’ en Dios el propio sentido personal. Como es claro, rastrear un tema que desborda la luz cognoscitiva natural del cognoscente es propio de un conocer más parecido a la fe que a la claridad; sólo que en este caso se trata de una fe ‘natural’, no ‘sobrenatural’. Por tanto, si el intelecto agente es el nivel cognoscitivo humano superior, y es natural, el conocer natural más elevado es el de la fe natural.

[editar] El conocer personal sobrenatural :la Fe

[editar] La fe sobrenatural como elevación

En consonancia con lo que precede, un conocer personal más alto que el del intelecto agente, pero de índole ‘sobrenatural’ es la fe sobrenatural (lumen fidei), y este nuevo modo de conocer consiste, precisamente, en la elevación del intelecto agente por parte de Dios en esta vida. Como es claro, tal fe no significa carencia de conocimiento, sino un nuevo y superior modo de conocer. Por eso, ni la fe es ceguera o ignorancia, ni sus temas pueden ser absurdos, sino desbordantes de luz.

Pero, según la revelación cristiana, la fe sobrenatural no es ni la única ni la más alta elevación cognoscitiva posible que la persona humana puede alcanzar, pues, al que en esta vida sea fiel en la búsqueda de su propio sentido personal tal como Dios se lo otorga, se le promete el Cielo, en el que se conocerá –según se indica– mediante la ‘luz de la gloria’ (lumen gloriae), que consistirá en conocer al Dios personal tal como él ‘nos’ conoce, no tal como el ‘se’ conoce, puesto que en esa nueva situación tampoco seremos Dios. Si el intelecto agente se dedicara durante toda esta vida a iluminar cosas menores que él y luego él no fuera iluminado sería sencillamente absurdo; un trabajo perfectamente inútil. El intelecto agente está siempre tácito hasta la visión, hasta la contemplación de Dios. He aquí la sugerencia que la teoría del conocimiento aporta respecto de que esta vida no es la definitiva, sugerencia, que lo es de nuestra inmortalidad y, también de que el fin del hombre es ser iluminado por Dios.

Agustín de Hipona decía que nuestro conocimiento depende de la iluminación divina. Tomás de Aquino sostuvo que el intelecto agente es una luz humana recibida directamente de Dios. ¿Cuál tiene razón? Los dos, pero si bien se entienden. Naturalmente Dios no nos ilumina, sino que no hace ser luz, es decir, nos otorga una luz nativa: el intelecto agente. De ese modo no somos como la Luna respecto del Sol (como pensaban los pensadores árabes), sino que somos soles: nuestro conocer nativo no es pasivo, sino activo. En este sentido tiene razón Tomás de Aquino, que sigue la teoría del conocimiento ‘natural’ de Aristóteles. Pero Dios no se conforma con la luz nativa que nos ha dado en nuestra creación, sino que la eleva, es decir, añade la luz de la fe al intelecto agente. Y en este sentido tiene razón Agustín De Hipona. En cualquier caso, Dios no ilumina directamente nuestras ideas (lo conocido), sino que ilumina nuestra luz (el conocer), porque el conocer radical es la persona, y con la iluminación divina, Dios crea y eleva la dignidad personal humana, que es activa y cognoscitiva.

[editar] El sentido personal humano

En suma, el intelecto agente está a nivel de acto de ser personal, o mejor, es la persona humana vista desde el punto de vista del conocer. Es el conocer como ser personal humano, porque la persona humana es conocer. No es que ‘tenga’ conocer, sino que es conocer. El intelecto agente es el núcleo del saber. En definitiva, no es, por ejemplo, la razón la que conoce, ni el hábito de sabiduría el que sabe, sino la persona, por medio de esa potencia y hábito. Por otra parte, preguntar cómo conocer al intelecto agente no es otra cosa que preguntar quién es uno. Es lo más difícil de conocer en esta vida, porque aunque sabemos –por el hábito de sabiduría– que existe y que es el conocer personal, la respuesta completa al sentido personal sólo está en manos de Dios. Lo que uno conoce de sí es lo que permite el hábito de sabiduría, pero ese saber deja tácito en su mayor parte el núcleo personal o del saber. ¿Quién puede revelar, pues, el conocer que la persona humana es, el quién que cada uno es? Sólo Dios.

Si el intelecto agente está a nivel personal, y la persona humana es apertura, libertad, no sólo somos abiertos nativamente a lo inferior a nosotros, sino también a lo superior. El ser humano se abre a lo inferior, a su intimidad personal, y también a Dios. La persona humana o núcleo personal humano está abierto cognoscitivamente a Dios, y sólo se conoce a sí conociéndose en o desde Dios. Sólo mirando a Dios se va descubriendo el sentido personal (la vocación). Sólo conociendo a Dios sabe la persona humana quién es, porque ese conocer procede de Dios. Y a la inversa, sólo se conoce al Dios real personal desde la intimidad personal humana y en la medida en que ésta se conoce.

Además, la persona humana no es sólo abierta a Dios nativamente, sino que esa apertura también puede ser destinal. Si se destina a Dios, va conociendo la que Dios quiere que sea. De la persona humana, más que decir que es, es mejor decir que será. Es cierto que todavía no se nos ha revelado enteramente quien seremos, pero nada impide que el conocer radical que cada uno es esté abierto a conocer como es conocido. La apertura cognoscitiva al destino es libre. La persona humana sólo puede destinarse a Dios libremente. Sólo destinándose a Dios la libertad que la persona es alcanza su pleno sentido, porque ésta alcanza el sentido personal que busca.

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