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El método antropológico adecuado
De Seminario de Antropologia
| Autor Juan Fernando Sellés Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica |
En atención a lo que precede, se puede advertir que las antropologías usuales están ceñidas, o bien al cuerpo humano (antropología evolutiva), o bien a la cultura (antropología cultural), o bien al alma, (antropología racional o filosófica), pero no a la persona (esta antropología se puede llamar trascendental ). La persona humana no se reduce a su cuerpo, a sus manifestaciones (éticas, culturales, etc.), ni a su razón (tampoco a su voluntad; ni siquiera a la suma de sus potencias). Se trata, pues, de una búsqueda de lo radical de la persona humana, es decir, de lo que caracteriza al corazón o intimidad de las personas. Por eso, esta antropología no se reduce a lo que hay, pues el haber cuerpo y alma no es el ser. Tampoco es reductible al disponer de lo que hay, pues el disponer, esencia, no es el acto de ser.
La antropología que se busca es búsqueda de sentido personal, y se debe llevar a cabo mediante una investigación muy aguda, porque no se puede comprender tal sentido sin estar la persona humana enteramente comprometida, también en su futuro histórico y metahistórico (el esclarecimiento de estos sentidos que uno espera depende en buena medida del saber personal que uno alcanza). Quien busca saber quién es no se conforma con una explicación de la corporeidad humana, por exhaustiva que sea (a esto se puede denominar vida recibida o, simplemente, naturaleza humana). Asimismo, tampoco se complace con el sentido de las diversas manifestaciones humanas de que es capaz (técnica, economía, sociedad, política, derecho, etc.), ni siquiera con intuir el cúmulo ingente de posibilidades de crecimiento irrestricto a las que están abiertas sus facultades superiores humanas (la inteligencia y la voluntad). A todo esto se puede llamar vida añadida o, simplemente, esencia humana. Quien indaga más, busca el sentido de su propio acto de ser (a éste se le puede caracterizar sencillamente como persona humana). Por eso es pertinente distinguir entre estas realidades humanas irreductibles: naturaleza, esencia y acto de ser personal.
La persona es la cumbre de la realidad creada, y aunque esa realidad es íntima a cada quien, sin embargo, a los hombres nos es desconocida en gran medida. Por eso, a diferencia de otras ciencias, en la investigación de la antropología personal se pone en juego el propio investigador y, consecuentemente, también entra en juego la propia felicidad y el destino personales. Si la persona es la realidad más alta, y la persona puede acceder personalmente a Dios (es decir, no sólo a través del cosmos), esta antropología accederá a Dios de un modo más alto que los demás saberes –ética, metafísica, etc.– (a excepción de la teología de la fe sobrenatural), pues accederá personalmente al Dios personal. Pero de ser esto verdad, esta antropología será la parte más alta de la filosofía. Buscar saber acerca de la persona humana es intentar saber la persona que se es y que se será, es decir, alcanzar a saber qué persona se está llamada a ser, porque mientras vivimos, no acabamos de ser la persona que seremos, si libremente aceptamos llegar a serla. Desde luego que llegar a serla, y a saberlo, no son asuntos necesarios sino libres, pero es claro que lo libre es superior a lo necesario. A la par, sólo puede llegar a saberlo quien espere y desee serlo.
Ese notar que se es persona se alcanza con un conocer personal, es decir, con nada inferior a la propia persona, como pueden ser los sentidos, la razón, la voluntad, etc., sino con un conocer solidario con la propia persona como ser personal cognoscente. Es menester notar que una persona es novedosa e irreductible a las demás personas. Todo hombre es persona y sabe que lo es, pero no todo hombre se encamina a la búsqueda de su sentido personal (por eso puede opacar ese saber). Si la persona es un ser abierto personalmente, y no tiene el sentido completo de su ser en su mano, para alcanzarlo no debe buscarlo en las realidades impersonales (ni desistir de la búsqueda y anegarse en la nada), sino en las demás personas. Con todo, las demás personas creadas tampoco tienen el sentido de una persona distinta en su mano, precisamente porque ni siquiera tienen el suyo propio. De modo que sólo Dios puede revelar el sentido personal al hombre si tal hombre lo busca (con su conocer personal) y lo acepta (con su amar personal) libremente (con su libertad personal) en Dios, es decir, en coexistencia personal con él. Por ello, la intimidad de la persona humana está abierta a Dios. También por eso, “el que se da cuenta de que es persona no puede admitir un Dios extraño a su vida” . Consecuentemente, el que abdica de Dios, prescinde de la búsqueda de su sentido personal y el de los demás; es decir, sin dejar de ser persona, encapota su saber personal hasta el punto de no reconocerse a sí y a los demás como personas.


