2014, con el corazón y los ojos abiertos

El sentido del trabajo

De Seminario de Antropologia
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Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


Se entiende por trabajo esa acción humana a través de la cual el hombre se perfecciona como hombre a la par que perfecciona la realidad física. De ahí lo positivo del trabajo, pues sin él, el hombre no mejora en humanidad. En efecto, por una parte, trabajar es añadir al mundo más perfección de la que él ofrece. Por otra, trabajar es perfeccionarse como hombre. El hombre añade porque sobreabunda. A nivel de naturaleza el ser humano da mucho más de lo que recibe; a nivel de esencia, irrestrictamente más; y a nivel de acto de ser personal, por mucho que dé no se gasta. La persona es dar. Ahí tenemos otro de los radicales personales. Se introduce el tema del trabajo para que, a través de él, que es una manifestación esencial (y habitual en todo hombre), podamos encaminarnos a conocer esa peculiar nota distintiva del núcleo personal humano, del ser, que es donante, oferente (del que se tratará directamente en el último Capítulo).

Para exponer la índole del trabajo es preciso, pues, ver el nexo de conexión de lo que el hombre hace con él mismo como persona. En efecto, al ejercer cualquier acción externa, nosotros no somos inmunes a las repercusiones de ella en nosotros. Uno mejora o empeora por dentro al actuar externamente, al desempeñar cualquier trabajo. El crecer intrínseco queda referido a la inteligencia y a la voluntad; y tal crecimiento –como se recordará del Tema 6–, son los hábitos y virtudes respectivamente. ¿Cuándo se produce ese crecimiento? Con lo que se puede llamar el “primer trabajo”. Además, este trabajo puede darse sin transformación ninguna de la realidad física, aunque acompaña siempre a nuestras actuaciones si éstas se dan. Este primer trabajo también es una donación, pues con él la persona humana perfecciona su propia esencia.

No obstante, de ordinario se entiende por trabajo el perfeccionamiento de la realidad externa mediante una serie de acciones que el hombre ejerce sobre ella, y así está bien entendido. También podemos añadir que el “primer trabajo” es la "transformación" de algo de sí, de algo del hombre por sí, por la persona. Si el hombre no pudiera perfeccionar su esencia humana por dentro, no podría disponer según su naturaleza corpórea y tampoco podría producir nada por fuera. Más aún, incluso con el trabajo externo el hombre se mejora o se empeora siempre por dentro. El hombre perfecciona, pues, no sólo la naturaleza del mundo, sino también, y sobre todo, su propia naturaleza; su esencia en mayor medida aún. El perfeccionamiento debe ser consciente de que ambas realidades tienen dueño, y de que el hombre no es su dueño sino su administrador. Sólo de esa consideración nace el respeto del hombre al cosmos y a su propia naturaleza humana. El mismo hombre no es inmune a lo que él hace, sino que en su hacer a él le pasa algo en su interior. En este sentido se dice que el hombre es un perfeccionador perfectible, es decir, que en la medida en que él mejora al mundo se mejora a sí, y en la medida en que se mejora a sí puede mejorar al mundo; lo primero es requisito imprescindible para lo segundo.

Lo que la persona humana mejora de sí es –conviene insistir–, sobre todo, su esencia, pues las potencias de pensar y querer forman parte de ella. Puede mejorar también, pero hasta cierto punto, su naturaleza. No tiene capacidad de mejorar lo que él es, su persona, porque eso no está en sus manos, no depende de sí, es su acto de ser íntimo –dirían los clásicos–. La elevación como persona sólo es “tarea o trabajo” reservado a Dios. Por tanto, el primer trabajo de la persona humana es perfeccionar inmanentemente su esencia, aquello de su disposición que es intrínseco. El trabajo es, por tanto, manifestación del dar personal, porque es un aportar actividad a lo que antes carecía de ella, y en primer lugar, es aquel dar perfeccionante que cada uno otorga a sus facultades superiores. El que el hombre esté hecho para trabajar según el conocido texto del Génesis, es una buena descripción de la naturaleza y esencia humanas, no de la persona. Por eso el hombre que no trabaja miente como hombre, es decir, se deshumaniza. Esa mentira es un autoengaño. La ausencia voluntaria de laboriosidad es la mentira más básica –ontológica, diría un filósofo–, que atañe al hombre respecto de su esencia. La segunda mentira a ese nivel es el trabajar mal, la chapuza, porque con ella el hombre en vez de perfeccionarse a sí mismo se envilece. El trabajo no es el fin de la persona humana: éste sólo es Dios.