La antropología en el cristianismo

De Seminario de Antropologia
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Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


A distinción de los griegos, el pensamiento cristiano no cifra lo distintivo del hombre en el tener, sino en el ser, es decir, en la persona. “Persona”, “corazón”, “cada quien”, “hijo de Dios”, “espíritu”, etc., vienen a ser denominaciones equivalentes dentro del cristianismo. Aunque alguno de estos modos de designar a cada persona humana tiene precedentes dentro del judaísmo (Antiguo Testamento ), no es explícito en él el descubrimiento de la persona, que es un hallazgo netamente cristiano (manifiesto en el Nuevo Testamento ). Es sabido que la unión del Antiguo y Nuevo Testamento conforman la Biblia, que es, entre otras cosas, el libro más vendido del mundo. Por eso, aunque sólo fuese por cultura, se debe atender a la antropología subyacente en este legado. Lo radical de la persona humana dentro del judaísmo es la alianza de Dios con ella; y en el cristianismo la filiación divina . La doctrina cristiana ve al hombre como un ser abierto, susceptible de ser elevado, y ello merced a la fuente y fin de todo ser, Dios, el Ser .

La realidad que subyace en la noción de persona es un descubrimiento netamente cristiano. No está en los escritos de los filósofos griegos. Para ellos esa noción (prosopon) está tomada del teatro, y designa el papel que el artista desem-peña. Los griegos describen al ser humano con el término “hombre” (antropos), no con el de “persona” . En el Antiguo Testamento, a pesar de contener referencias implícitas, la revelación de las tres Personas divinas no es explícita. El misterio de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) es revelación neotestamentaria. Descubrir la trinidad de Personas en la unidad de naturaleza divina es conocer que no son equivalentes la noción de persona y la de naturaleza divina, puesto que en la unidad de Dios coexisten distintas Personas. No significan lo mismo, por tanto, la noción de persona y la de naturaleza. Cada Persona divina es Dios, pero las Personas divinas se distinguen entre sí.

A su vez, para dicha doctrina cada ángel es una persona distinta, a pesar de que todos ellos sean de naturaleza angélica. Se admite también que la natura-leza de cada ángel se distingue de la de los demás. En cualquier caso, tampoco coincide la naturaleza angélica con el ser personal de cada ángel. “El individuo sin especie, es por definición, el Ángel. Es el Arquetipo, el tipo supremo, que ha asumido toda posibilidad de especie, representándola en un ejemplar único, ago-tando su infinitud en una vez” . La jerarquía es lo que distingue a la naturaleza de los ángeles, pues ésta no puede distinguirse en ellos sino según un más y un menos. Por eso, en los ángeles no es palmaria la fraternidad, pues tanto como personas como en su naturaleza, todos dependen y se describen radicalmente en orden a Dios, es decir, por su filiación. Con eso no se quiere decir que el ángel de naturaleza inferir se sienta enteramente desbordado por el de naturaleza superior, y ello porque, como la distinción real entre persona y naturaleza está vigente en ellos, uno de menos dotación natural puede ser más elevado en su persona que otro de naturaleza más activa. Dios no se repite al crear a las personas, y en el caso de los ángeles, tampoco a sus naturalezas. De modo que los ángeles son más nuevos que nosotros, porque no son sólo nuevos por su ser personal, sino también por su naturaleza. Por lo demás, la mayor o menor novedad hay que medirla siempre por la cercanía personal a Dios, que es el Nuevo por excelencia, el Origen, con imposibilidad de envejecer y rejuvenecer.

La religión cristiana anuncia también que la segunda Persona de la Santísima Trinidad (al que se le llama Logos, Verbo, Palabra, Hijo del Padre, etc.) se encarnó, es decir, asumió la naturaleza humana y vivió entre los hombres en un momento determinado de la historia, hace aproximadamente 2.000 años, en un espacio muy concreto, la Judea, norte de Egipto y la Galilea del Imperio Romano del s. I de nuestra era. ¿Por qué asumió nuestra naturaleza? Para restaurar la filia-ción divina perdida tras la caída original de nuestros primeros padres , abrirnos a la elevación personal y a la salvación post mortem. Además, manifestativamente nos dio ejemplo de vida y enseñó que él es el Camino que lleva a Dios. Lo propio del camino es que se está en él. Por eso, para ir a Dios (Padre) hay que estar en Cristo, en su presencia, que no es limitada como la nuestra, sino irrestricta. A esa Persona divina se le ha denominado de varias formas tras su Encarnación: Enmanuel, Salvador, Señor, Jesús, Cristo, Jesucristo, etc. Perfecto Dios y, desde la Encarnación, perfecto hombre. Pensar en Cristo ayudó en buena media a los cristia-nos a conocer al hombre. En efecto, si en Cristo se distingue entre Persona (la divina) y dos naturalezas (divina y humana), ello indica que persona no equivale a naturaleza. Por tanto, esa distinción debe darse asimismo en el hombre. Por lo demás, Cristo no sólo ayuda a conocer mejor al hombre, sino que, como Dios que es, puede revelar el hombre al propio hombre .

Por otra parte, la Revelación divina, desde el Génesis, nos muestra que la naturaleza humana es propia de la especie hombre, y que no coincide con cada persona humana. En efecto, la naturaleza humana es dual, constituida por varón y mujer, pero cada persona humana, como tal, no es dual, sino única e irrepetible, novedosa. Así, Adán y Eva son dos personas, aunque constituyen entre ambos una única naturaleza, la humana, pues ninguno de los dos tiene la naturaleza humana completa. Por eso ninguno de los dos es viable por separado. Lo cual permite ver a las claras que en el hombre persona tampoco equivale a naturaleza. Si la natura-leza humana no es viable de modo independiente, por ella el hombre es social, debido a la comunidad de origen. Por consiguiente, la familia es una institución natural, no un invento social trasnochado.

Es pertinente, por tanto, establecer en el hombre la distinción entre persona y naturaleza. Ambas realidades no se confunden porque no se reducen una a otra. Si bien todo hombre es persona, no toda persona es hombre (pues los ángeles, por ejemplo, también son personas, pero no hombres). Persona, según la concepción cristiana, es cada quién. Alguien distinto de todos los demás, aunque abierto a ellos. Capaz, por tanto, no sólo de conocerse y amarse a sí, sino también a los demás y a Dios. La persona humana es un acto de ser que tiene un alma y un cuerpo. Hay una unidad profunda entre alma y cuerpo y más aún entre persona y alma. Cada persona es creada directamente por Dios en el instante de la concepción. El hombre es el centro de la creación visible y, a diferencia de la realidad física, la persona humana no se describe tanto por su relación con la nada, sino ante todo por su relación con Dios. En efecto, el hombre no fue, como el mundo, creado de la nada (ex nihilo), sino de Dios (ex Deo), esto es, teniendo a Dios como modelo. En suma el hombre, la persona es lo radical. Los rasgos radicales de la persona no se reducen a las características que distinguen a la naturaleza humana.

Pasemos ahora a recordar escuetamente algunos de los autores destaca-dos de este periodo y a presentar, también de modo muy breve, alguna de sus aportaciones, pues centrarnos detenidamente en ellos sería, desde luego, muy inte-resante, si bien impracticable dado nuestro propósito de presentar una síntesis histórica de las claves antropológicas de cada época. Entre los antropólogos del primer período cristiano destacan San Justino y San Ireneo . Además de apologistas frente a judaísmo influyente y el paganismo imperante, son grandes cabe-zas, grandes humanistas. Posterior es Boecio (s. V-VI), quien describe la persona con rasgos de la naturaleza humana . Otros, como San Agustín, perfilan la intimidad humana con la palabra corazón, siendo la clave de su antropología la imagen divina en el hombre . San Juan Damasceno, por su parte, último de los Padres de la Iglesia (s. VII-VIII), distingue netamente entre persona (hipóstasis) y naturaleza (physis) . Pese a la pluralidad de matices, para ellos la persona es cada quién, el ser irrepetible e irreductible a la humanidad, a lo común de los demás hombres. Es propio de la naturaleza humana la corporeidad, los sentidos, los de-seos sensibles, etc., pero no la persona. Los griegos desconocieron este hallazgo, pero los modernos -como veremos más adelante- lo olvidaron en buena medida. A pesar de esta pérdida, esta averiguación es genial, no sólo en lo que respecta a su valor íntimo, sino a las repercusiones sociales que ese descubrimiento reporta.