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La antropología en la Edad Media

De Seminario de Antropologia
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Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica


La deuda con el cristianismo, en lo que al apogeo de este ámbito epocal se refiere, comporta que los autores cumbre cifren lo distintivo del hombre en su ser, no en su tener o en su obrar (ya sea éste racional, volitivo o pragmático).

La llamada Edad Media es una época histórica que, al margen del periodo de transición (que abarca desde el s. VI al VIII d. C.), está comprendida entre los siglos VIII y XIV. Esta época está marcada por el agotamiento del legado romano y el nacimiento de un nuevo modo de pensar coincidente con el renacimiento carolingio, nacido en Francia y que posteriormente repercutirá en toda Europa. Se suelen distinguir varias etapas medievales:

a) El renacimiento carolingio, circunscrito a Francia y sus alrededores (s. VIII y IX).

b) El de la renovación espiritual (s. X-XII), con un área geográfica más europea.

c) El de esplendor (s. XIII), que gira en torno a la universidades.

d) La llamada Baja Edad Media, (s. XIV), con epicentro también en las universidades, aunque este último periodo, en cuanto a la filosofía y a la concepción del hombre se refiere, ya no es encuadrable en la época medieval, sino que abre la puerta a la Edad Moderna. Por eso es conveniente relegarla para el próximo epígrafe. En los principales pensadores de este periodo está incoada, aunque no en todos desarrollada y bien resuelta, la distinción real entre esencia y acto de ser en el hombre (Avicena, Alejandro de Hales, S. Alberto Magno, Sto. Tomás de Aquino , etc.), es decir, entre aquello que es en el hombre del ámbito del disponer y aquello que es su ser. Al tipo de filosofía de este periodo que busca el ser se la ha denominado realismo. El hombre ya no es considerado como una pieza más del cosmos -como en el periodo griego-. El alto concepto que del hombre se tiene, como centro de la creación visible, es común denominador de todos los autores. Se concibe como un microcosmos que compendia todas las notas de lo sensible y de lo espiritual.

Una característica común a los diversos autores cristianos de este periodo por lo que a antropología se refiere es que cuentan con el descubrimiento cristiano de la persona. Persona ya no es sinónimo de hombre, sino de cada quién. Además, conciben al hombre como un ser abierto a la trascendencia ("capax Dei"), asunto nada extraordinario en esta época, sino normal. Ello implica, a la par, una visión optimista y esperanzada del hombre, pues como enseña Zubiri “la cuestión acerca de Dios se retrotrae a una cuestión acerca del hombre” . Distinciones teóricas entre autores obviamente no faltaron (lo cual es síntoma de salud mental, pues es claro que los que menos piensan son los que más copian, y no precisamente lo mejor). Otros temas humanos tratados por los medievales fueron el ser relacional del hombre, su visión de la sociedad, de la ética y política, del lenguaje, de la vida práctica, cultura, historia, etc. Además de los pensadores mencionados más arriba destacan San Buenaventura, que concibe la vida humana como itinerario de la mente hacia Dios , y Escoto, que la percibe como el itinerario de la voluntad hacia el ser divino .

Pero no todas las concepciones medievales del hombre fueron cristianas. La filosofía árabe de los s. XI–XII, en sus más netos representantes (Avicena y Averroes), seguramente en contra de lo que pretendían, lejos de enaltecer con su filosofía a la persona humana, favorecieron la despersonalización del hombre, por intentar identificar lo nuclear de cada quién con lo propiamente divino. En efecto, se trata de una interpretación muy peculiar del intelecto agente descubierto por Aristóteles, es decir, del conocer personal humano, pues admitían que nuestro conocer es enteramente pasivo, y que el único conocer activo es el divino, que refleja su luz en nuestras mentes como en un espejo. Sin embargo, la pasividad cognoscitiva no es humana, pues si no es el hombre el que conoce, no es persona, ya que no puede ser responsable. Con ello no sólo se volvía deleznable la antropología, sino también -como advirtió Tomás de Aquino- la ética y la política . Por su parte, la filosofía judía de esta época recibió en algún autor (Maimónides es un caso prototípico) el influjo completo de los árabes, mientras que en algún otro (Avicebrón, por ejemplo) acogió el de los neoplatónicos. En suma, de modo pare-jo a como el Corán supone “un proceso de reducción de la divina Revelación que en él se lleva a cabo” , así la antropología árabe y judía de este periodo es una reducción del alcance que puede tener la aristotélica, desarrollo que intentan llevar a cabo precisamente los pensadores cristianos medievales del s. XIII.

Con todo, a pesar de las correcciones que las doctrinas árabes recibieron por parte de los pensadores cristianos y de las autoridades eclesiásticas, a finales del s. XIII el averroísmo campea a sus anchas en las universidades europeas. El conocer humano se concibe pasivo, incapaz de conocer los grandes temas por sus propias fuerzas, a menos que sea iluminado. Además, comienza a creerse que esa iluminación ya no es natural -como opinaban los árabes precedentes- sino exclusivamente sobrenatural, es decir, debida sólo a la luz de la fe. Como se podrá apreciar, esta opinión es netamente moderna (semejante, por ejemplo, a la de Lutero). En efecto, en la modernidad se tiende a creer que las realidades superiores al hombre no se puede conocer naturalmente. Por tanto, ese ámbito no se considerará objeto de la filosofía, sino de la fe (para quien la acepte) y, por tanto, de la teología. De ese modo se consolida un abismo artificial, que se supone insalvable, entre la filosofía y la teología, entre la razón y la fe. A este error, reiteradamente denunciado por la doctrina católica, se le ha llamado fideísmo. Por lo demás, es claro que esa mentalidad ha llegado hasta nuestros días .