2014, con el corazón y los ojos abiertos

La distinción en los sentidos internos

De Seminario de Antropologia
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Autor Juan Fernando Sellés
Curso y Apuntes sobre la antropología filosófica

Al conocimiento sensible que permiten los sentidos externos sigue el de los sentidos internos, que captan, o bien los actos de nuestros sentidos (sensorio común), o bien retienen objetos conocidos por la sensibilidad externa (memoria), o bien forman otros nuevos (imaginación), o bien los valoran (cogitativa). Los sentidos internos son cuatro, también siguiendo la clasificación tradicional, y tienen su soporte orgánico en el cerebro. Distinción tomada también de los distintos actos y objetos por ellos conocidos. Son el sensorio común, también denominado conciencia sensible o percepción, la imaginación, la memoria sensible, y la que los medievales denominaban cogitativa (llamada estimativa en los animales). El sensorio común percibe los actos de los sentidos externos. Capta, siente, por ejemplo, que se está viendo, oyendo, etc. Una cosa es ver acto de la vista y otra sentir que se ve, asunto propio del sensorio común o percepción sensible. La imaginación forma imágenes, asocia esas formas, y forma otras nuevas sin intención de tiempo. La imagen de centauro, por ejemplo, responde a una asociación; la de dodecaedro es una forma nueva. La memoria sensible retiene objetos percibidos por los sentidos externos. Se puede recordar, por ejemplo, durante un invierno nevado los colores ocres de un paisaje otoñal; se puede recordar la melodía que forman los sonidos de nuestro CD favorito que no estamos oyendo ahora. Su intención es, pues, de pasado. La cogitativa, por su parte, valora lo percibido y retenido, y forma proyectos concretos de actuación en el futuro que permiten huir de lo nocivo o buscar lo conveniente. Así se forma, por ejemplo, la elección del menú tras leer la carta que se nos presenta en un restaurante: destacamos una posibilidad en particular sobre otras. Su intención es, por tanto, de futuro. Y como el futuro es ontológicamente más relevante en el hombre que el pasado, éste sentido es superior a la memoria. Una central similitud entre los sentidos internos animales y humanos radica en que los cuatro sentidos internos, a pesar de su jerarquía, están entrelazados y todos ellos cuentan con el mismo soporte orgánico: el cerebro. Por eso tanto los animales como el hombre perciben (sensorio común) que imaginan, que recuerdan asuntos concretos, que forman proyectos particulares de futuro. Todos imaginan (imaginación) percepciones, recuerdos y planes. Todos recuerdan (memoria) percepciones, imaginaciones y objetivos. Y todos valoran (cogitativa) percepciones, imaginaciones y recuerdos. De manera que esto parece indicar que en el fondo se trata de un único sentido, con un único soporte orgánico, pero que cuenta con niveles de conocimiento jerárquicamente distintos. En cuanto a las diferencias del hombre con los animales en los sentidos internos, éstas son mucho más marcadas en los superiores, que en el sensorio común. Nuestro sensorio común o percepción sensible siente en común los actos de los sentidos externos, y nota que la distinción jerárquica entre ellos es la mejor posible para conocer la realidad sensible, porque conocemos más con los más cognoscitivos que con los menos, asunto ausente en los animales que carecen de esa jerarquía. A distinción de los animales que presentan nuestra jerarquía, nosotros notamos más en común que ellos los distintos actos de los sentidos externos, es decir, notamos que en tales actos hay más homogeneidad que disparidad o heterogeneidad, lo cuál es síntoma de mayor armonía. En efecto, el tacto de las aves es muy burdo comparado con su vista. De modo que para el águila, por ejemplo, sentir que toca con sus garras es excesivamente distinto (por muy inferior) de sentir que ve con sus ojos. Tomemos ahora en consideración los otros tres sentidos internos, que son más altos que la percepción sensible. La imaginación nuestra tiene diversos niveles. El más básico y el que tenemos en común con los animales es la imaginación eidética. Es la que se da, por ejemplo, en los sueños, y está muy pegada a lo particular sensible antes percibido. Superior a ésta, y ya distinta de los animales, es la imaginación proporcional. Es la que nos permite formar esquemas de asuntos antes percibidos: caballo, hombre, etc. . Superior a ésta es la imaginación asociativa, porque es la que extiende la proporción a diversas imágenes unidas entre sí. Así formamos, por ejemplo, la imagen de sirena. Disponemos también de imaginación simbólica que nos permite formar símbolos que sirven mucho a la razón. Obviamente, los símbolos, que no les dicen nada a los animales, son muy significativos para nosotros. La cultura humana es simbólica (ej. películas, lenguajes convencionales, etc.). De ahí que algún pensador describa al hombre como "animal simbólico" . Con todo, el hombre es más que cultura, porque como veremos es más que imaginación simbólica. Por encima de la precedente está la imaginación reproductiva. Con ella reduplicamos un número indefinido de veces una imagen. Con un ejemplo: en la imaginación el animal sólo se representa el espacio concreto en el cual el animal puede desarrollar su acción. El hombre, en cambio, se puede representar un espacio siempre igual e indefinido, es decir, isomorfo, en el que puede crear la geometría, y ese espacio evidentemente no es físico, pues no existe en la realidad sensible. El espacio isomorfo se forma reproduciendo indefinidamente una imagen concreta de espacio. Seguramente es esta una de las imágenes más formales de que es capaz la imaginación humana. En atención a eso, y con mayor motivo que la precedente definición, se podría describir al hombre como "animal isomorfizante o geométrico", aunque tampoco es lo superior en él. Nuestra memoria sensible no es sólo remisniscente, como en los animales superiores, sino que como bien dice el poeta gaucho la podemos dirigir para evocar lo que nos interesa, o también para crear, por ejemplo, reglas nemotécnicas. Evidentemente esa dirección depende de la inteligencia. Pero dejando al margen la intervención de la razón en nuestra memoria sensible, podemos ver que ésta es esencialmente distinta de la de los animales por los objetos que forma. Un ejemplo: por la memoria construimos relojes, es decir, medimos tiempos exactamente iguales. Ahora bien, en la realidad física ningún tiempo es igual. El tiempo igual se llama isocrónico, y éste no es físico, sino fruto de la memoria sensible humana. En efecto, recordar un trozo de tiempo y superponerlo un número indefinido de veces no es memoria pegada a lo sensible, no es memoria animal, porque nada de lo sensible es indefinido, superpuesto e igual. El tiempo isocrónico es seguramente el objeto más formal de la memoria humana . En atención a eso, y por encima del simbolismo, se podría describir al hombre como "animal isocronizante o cronometrante". Por cierto, la afición que despliega en este menester no sólo inunda su jornada laboral, sino también sus deportes. Pero tampoco esto es lo superior en el hombre, pues si se pone en primer lugar se estresa. En cuanto a la cogitativa humana, ésta conoce lo individual bajo su naturaleza en común (captamos, por ejemplo, los dulces como buenos para comer, aunque a uno no le gusten o sea diabético). La naturaleza en común no es propia de un sujeto, sino de todos los de la especie. Con la cogitativa nosotros valoramos a éste o al otro sujeto, a éste o al otro bien concreto en sí, es decir, tal cual él es, independientemente de nuestra tendencia, preferencia o deseo, o sea, de que nos guste o no. Tan distinta es esta facultad humana de la que actúa para semejantes menesteres en los animales que ya los pensadores medievales le dieron otro nombre: estimativa. La estimativa animal valora una realidad, pero no en sí, sino sólo para el animal, esto es, en tanto que sea principio o término de una acción o pasión, de su tendencia. Si esa realidad no le interesa para satisfacer su instinto, el animal no hace caso de ella. Un hombre, mediante esta potencia, puede conocer algo y no hacer nada, y si lo hace, puede hacerlo de muchas maneras, pues está abierto a muchas posibilidades . Además, mientras que por la cogitativa el hombre puede valorar toda realidad sensible, el animal por la estimativa sólo valora un ámbito de lo real muy restringido. Por ejemplo, al león no le interesan los peces; tampoco el tamaño de las estrellas a los pulpos, ni los cuadros de Murillo a las ranas, etc., pero cualquier hombre puede interesarse por cualquier realidad sensible, natural o cultural, de modo que sin esta potencia lo que llamamos hobbies, por ejemplo, serían imposibles. En este sentido, y más que simbólico, se podría designar al hombre como "animal de aficiones".