2014, con el corazón y los ojos abiertos

La verdad

De Seminario de Antropologia
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Verdad - El conocer humano


Errores contra la verdad y rectificaciones

Las críticas contra la verdad son múltiples. Pero su rectificación es sencilla, y pasa por tener en cuenta la siguiente tesis: Cualquier crítica contra la verdad conocida es siempre una autocrítica. Si esto es así, tal crítica se disolverá a sí misma, pues lo que defienda un postulado falso será contrario a su supuesta validez. Se registran a continuación las algunas críticas actuales contra la verdad. Se ejemplifican con las tesis centrales de algunos de sus defensores. A ellas se añaden sucintas y netas propuestas de rectificación. Con todo, los tres embates más fuertes contra la verdad se estudiarán en el capítulo siguiente.

Eclecticismo

El eclecticismo sostiene que “como las teorías son tantas y tan diversas, el criterio de verdad pasa por seleccionar entre ellas”. La selección puede ser más o menos fundada, pues en unos casos se puede tomar de cada doctrina lo que parezca mejor; en otras, en cambio, lo más guste o convenga, o aquello en que se esté más habituado; en ocasiones, lo que sea más usual o de moda; otras veces, lo más fácil; etc. Además, de ordinario, los eclécticos no se preocupan de compatibilizar las distintas piezas tomadas en préstamo de diversas fuentes; En efecto, no es frecuente que la multiplicidad de pareceres y opiniones que la muchedumbre sostiene sean coherentes entre sí.

El eclecticismo tiene a su favor que ante la observación de varias teorías contrarias, no se quiere ceder a la perplejidad, situación mental que aboca a la parálisis noética. Denota pues, cierto interés por la verdad y, asimismo, cierto esfuerzo por buscarla aquí y allá en la medida de las propias posibilidades. Conoce, asimismo, que ningún hombre tiene, ni puede tener, la verdad completa, de modo que lo que le falta a alguno se puede encontrar en otros. El ecléctico advierte, en el fondo, que de todos se puede y se debe aprender, tesis no solo verdadera sino recomendable en la práctica.

Pero el ecléctico no es capaz de cribar los diversos pareceres que recoge, ni tampoco ponerlos en su respectivo lugar. Por eso, tiene en su contra que no soluciona por elevación la perplejidad que pretende conjurar, es decir, no la remedia pensando y descubriendo qué teoría sea más verdadera que otra, sino cambiando de método. En efecto, adjudica la tarea de señalar qué sea verdad a una instancia ajena al conocer, pues es manifiesto que elegir (decidir o escoger) es un acto de la voluntad. Es la filosofía típica de los momentos históricos de falta de inspiración y, consecuentemente, de copia y selección de teorías ya habidas.

Punto de luz: si “el criterio de verdad es la selección”, esta tesis sólo podrá ser tenida como verdadera en caso de ser elegida. Pero, ¿y si no se elige?, ¿y si se elige la contraria?, ¿sigue siendo verdadera?

La verdad como lo hecho

Se puede dar la denominación de “productivismo veritativo” a la orientación filosófica según la cual “la verdad es lo hecho”. Según esta hipótesis la verdad no es ni la realidad ni lo conocido, sino lo que se hace. Recuérdese que, por ejemplo, para el marxismo, algo es verdad en la medida en que se practica.

Estas hipótesis tienen su parte de verdad, que consiste en que las realidades prácticas (sociales, económicas, culturales, etc.) realizadas por el hombre también son verdad, en la medida en que esas realidades se ajustan a los planes o proyectos mentales humanos. Tiene también otras ventajas: una, que el hombre no puede vivir sin verdades prácticas, no sólo porque las piense, sino porque sin la producción laboral humana el hombre es biológicamente inviable; otra, porque muchas verdades culturales a las que llamamos ‘prácticas’ son superiores a las naturales. Por ejemplo: ¿qué es más verdad, nuestro usual conocer el trigo, o nuestro conocimiento del pan?, ¿el de la uva o el del vino?, ¿el del petróleo o el de la multiplicidad de aplicaciones que se educen de él?

Pero el error de este postulado radica en reducir toda verdad al ámbito de lo productivo (verdad práctica). No toda verdad se puede producir, hacer. Por ejemplo, el amor que una madre tiene por un hijo que ha muerto es, sin duda, verdad; pero ese amor no produce nada, a menos que por “producir” se entienda en este caso lágrimas, gemidos, lamentos, gestos, etc. Aún así, si esas manifestaciones de pena materna se entendiesen como “productos” de su amor, habría que preguntar si su amor se reduce o agota en esas “hechuras”. Seguramente la madre no lo vería así.

Punto de luz: la tesis de que “la verdad es lo hecho” es una teoría, un asunto pensado; no es ningún hecho, ninguna práctica, ningún artefacto, ningún producto.

Materialismo – fisicalismo

El materialismo es muy antiguo, aunque en la antigüedad tenía muy pocos defensores, pues se ha difundido, sobre todo, en los ss. XIX y XX. Su postulado noético se puede formular así: “sólo es verdad lo que se conoce de la realidad material, física”. Los tipos de materialistas son diversos: marxistas, pragmatistas, evolucionistas, etc. Esta tesis tiene su apoyatura en la apreciación de que las cosas no se reducen a ser conocidas por el hombre, lo cual es verdad. Pero como esa tesis supone que el hombre es el único cognoscente (o el superior), dado que hay más realidad que conocimiento, se acepta que la realidad material supera al hombre. Como se puede apreciar, cree que toda realidad es material, también la del conocer humano. Por eso considera que éste es inferior al volumen cósmico de lo real material.

No obstante, en contra del materialismo, hay que notar, al menos, que ni el ‘acto’ de conocer humano es material ni tampoco el ‘objeto pensado’ en cuanto tal. En efecto, el acto de conocer humano (operación inmanente) es, precisamente, acto, sin potencia ninguna. En cambio, la realidad material, precisamente por material, es potencial. Tampoco el objeto pensado es material, pues si lo fuera, no sería enteramente intencional respecto de lo real. Es una forma sin materia, sin potencialidad. En rigor, la verdad no es material. Por lo demás, el hombre no es ni el único, ni el superior cognoscente, pues si su conocer no deriva de la realidad material, debe su origen a un conocer Originario.

Punto de luz: si “sólo es verdad lo conocido de la realidad física”, ¿a qué realidad física, material, concreta, se refiere la supuesta verdad universal de esa frase?

Nihilismo – irracionalismo

El nihilismo, y también el irracionalismo, se han predicado de la filosofía de Nietzsche, que hoy sigue influyendo. Su tesis central respecto de la verdad es ésta: “La verdad no existe”. Por su parte, Freud calificó de paranoica la actitud de adherirse férreamente la verdad, porque ésta es –según él–, ilusión. Son posiciones propias del llamado irracionalismo, que al final de su recorrido acaban en el nihilismo, gran amenaza de nuestro tiempo que carcome la esperanza humana.

Estas actitudes también son comprensibles histórica y noéticamente. Históricamente, porque constituyen una oposición visceral, desmedida, al panlogismo de Hegel, que pretendía absorber toda la realidad dentro de un peculiar esquema lógico férreo. Noéticamente, porque perciben que cada hombre (y no sólo el superhombre o el psicoanalista) está por encima de las verdades objetivas que puede conocer con su razón.

Sin embargo, desconocen que ese hombre también es una verdad, no inventada por él mismo, verdad que puede alcanzar a conocer. En suma, el que no todo se pueda conocer racionalmente (según la razón) no justifica la actitud de pactar con la desesperanza e incurrir en la irracionalidad, porque el hombre dispone de niveles cognoscitivos superiores a la razón. Se trata del ‘conocer personal’, pues la persona o intimidad, que es superior a su razón, es cognoscente.

Punto de luz: si “la verdad no existe”, lo afirmado por esa tesis tampoco es verdad.

Provisionalismo

Esta denominación, derivada del adjetivo “provisional”, significa que la verdad no se puede tomar como algo definitivo. En el s. XX se ha formulado del siguiente modo: “La verdad es un ideal a alcanzar”. Es la sentencia que defendió Popper, para quien la verdad es una “búsqueda sin término”. Según este postulado, toda “verdad” sería provisional, susceptible de ser ratificada, pero también apta para ser falsada. Es decir, ninguna “verdad” se podría tomar de modo absoluto, sino sólo como una “hipótesis” más o menos acertada, idónea a mantener sólo de manera transitoria. Como se puede apreciar, se trata de la sustitución de la verdad por la “conjetura”, una especie de objetivo tendencia que nunca alcanzará su meta. No se toma, pues, la verdad como un punto de partida seguro, ni tampoco como una seguridad con la que uno se tope a medio camino o al final.

El punto fuerte de esta hipótesis radica en que así son nuestros descubrimientos experimentales: siempre aproximados, pues nunca podemos conocer cosa alguna de la realidad física de manera absoluta, porque no somos Dios; ni tampoco de forma exacta, sencillamente porque la realidad física no lo es (como lo son, por ejemplo, ciertas matemáticas). Otra ventaja que posee este postulado es que, pese a notar que nunca tocaremos fondo en el saber acerca que cualquier realidad física por minúscula que sea, este enfoque anima a seguir persistiendo en la “búsqueda” de más saber, actitud encomiable, pues comporta buena dosis de trabajo sacrificado, constancia, paciencia, etc., a la par que cierta ilusión por ir a más.

Sin embargo, esta hipótesis tiene en su contra varios puntos, a saber, que no todas las verdades son del estilo de las descubiertas por las ciencias experimentales. Por ejemplo, no son así las verdades humanas referidas al pensamiento y al querer humanos, las referidas a la índole de la persona, etc. Así, no es correcto decir, por ejemplo, que aceptamos que todo hombre sea persona sólo provisionalmente, o sea, a menos que se demuestre lo contrario. Además, esa hipótesis parece olvidar que la verdad también es un punto de partida y una compañía constante durante el trayecto cognoscitivo. En efecto, comenzar a conocer es toparse necesariamente con verdades, la primera, que se está conociendo. Y además, precisamente porque durante el trayecto cognoscitivo se conocen verdades, la inteligencia advierte que puede seguir conociendo más, asunto que le va muy bien a ella, porque crece. Desde luego que siempre se puede conocer más, pero eso no significa que lo conocido no lo sea según verdad, y que deba tomarse como algo dudoso o provisional, sometido a sospecha.

Punto de luz: darse cuenta de lo que dice la frase “la verdad es un ideal a alcanzar” no es un ideal a alcanzar, sino un significado ya alcanzado. De lo contrario nadie se daría cuenta del sentido de la frase. Pero ese darse cuenta es ya una verdad, si bien es un darse cuenta verdadero de que la tesis es errónea, por contradictoria.

Verificacionismo

Esta teoría propia de la filosofía contemporánea también se ha denominado empiriocriticismo – experimentalismo – externalismo, etc. Son diversos términos que describen una misma actitud: la de someter toda verdad conocida por la inteligencia a un criterio extrínseco a ella. El verificacionismo se formula diciendo: “algo es verdad en la medida en que se puede ratificar empíricamente”. Según este postulado la verdad no está en el pensamiento, sino que depende de que sea contrastada con una instancia externa. La parte de verdad de este enfoque radica en que, sin duda, hay verdades de experiencia, y no sólo científica, sino también ordinaria. Las verdades ordinarias son aquéllas con las que se topan con más frecuencia todos los hombres en su vida cotidiana; las científicas, las que con mayor asiduidad rozan la mayor parte de las ciencias. De modo que esas verdades no son ni pocas ni triviales.

El punto desfavorable de esta perspectiva está en que no toda verdad es de ese estilo y, por tanto, que no debe exigirse a toda verdad que cumpla ese requisito. Además, esta misma hipótesis es injustificable porque constituye un enunciado filosófico universal que no se puede ratificar experimentalmente.

Punto de luz: si “algo es verdad en la medida en que se puede verificar”, esa tesis no es verdad, puesto que no se puede ratificar empíricamente.

Culturalismo

Algunos autores actuales suscriben la tesis de que “la verdad depende o se subordina a la cultura”. Para muchos defensores de este postulado, no se trataría sólo de que las verdades culturales dependan de la cultura (por ejemplo, si es mejor medio de comunicación el teléfono móvil o el mail), sino de que toda verdad, también las físicas, biológicas, humanas, trascendentes, etc., dependan de ella.

Lo que tiene a su favor este enfoque es la importancia capital que concede a la cultura, que verdaderamente es relevante. También asume que las verdades culturales dependen en buena medida del hombre, asunto que es verdadero, ya que es el hombre quien, por medio de su razón práctica forma la cultura, que es relevante porque soluciona la vida ordinaria, y porque engendra belleza.

Sin embargo, la parte débil del culturalismo radica en considerar que toda verdad sea de índole cultural. Frente a esta posición, se puede decir que si toda verdad se subordina a la cultura, en rigor, no hay verdad, puesto que la verdad es conocida, y lo conocido no es un producto cultural hecho por el hombre. Pensar no es hacer. Además, dentro de lo que se piensa hay asuntos necesarios, mientras que las realidades culturales son siempre contingentes. Como se puede apreciar el intento de subordinar la verdad a la cultura supone una reducción del ámbito de la verdad pues, en rigor, no acepta que las verdades necesarias lo sean. Sin embargo, esa tesis sólo se puede mantener si se acepta de modo necesario, lo cual es contradictorio.

Punto de luz: si “la verdad depende de la cultura”, tampoco esta tesis sería necesariamente verdad, sino que dependería de una determinada cultura, sólo aceptable si se asumiese la determinada forma cultural en que sus defensores la profiriesen.


Convencionalismo – decisionismo – consensualismo

La sentencia que suscriben estos pareceres se puede formular así: “La verdad se toma por acuerdo voluntario”. A esa sentencia suele añadirse: “… de la mayoría”, “… de los que tienen competencia para ello”, “… de los expertos en el tema”, “… de la comunidad científica”, “… de los afectados por el problema”, “… de los votantes”, etc. El término “convencionalismo” indica que los asuntos sociales se aprueban por convención o pacto. De acuerdo con esto, la verdad dependería de que algo –cualquier asunto– fuese aceptado por cierta asamblea. Algo similar expresan las palabras “decisionismo” y “consensualismo”, pues la primera se toma de “decidir” y la segunda de “consentir”, que designan actos de la voluntad. En la actualidad es una tesis defendida, por ejemplo, por algunos representantes del pragmatismo (por ejemplo, Putnam).

Lo que tiene a su favor esta opinión es que, en el fondo, percibe que el sujeto humano, la verdad personal, es superior a las verdades pensadas que descubre la razón, por eso éste se ve capaz de no subordinarse a ellas. También nota que la voluntad es superior a la razón y a las verdades que ésta conoce, pues puede ponerlas en duda, negarlas, o ponerse al margen de ellas.

No obstante, lo deficiente de este postulado estriba en su intento de manipular subjetivamente las verdades objetivas. Tal actitud pretende forzar la verdad objetiva para que ésta no sea tal. Con todo, es claro que una verdad no cambia en falsedad porque se acepte o deje de aceptar voluntariamente por uno sólo hombre o por la mayoría de los ciudadanos.

Punto de luz: la misma tesis de que “algo es verdad si se acepta por acuerdo voluntario”, ¿es verdad porque se haya aceptado por acuerdo voluntario? Sólo sería verdad en el caso de ser aceptada por tal acuerdo. De manera que no se puede tomar como una verdad absoluta, al margen de determinadas decisiones voluntarias.

Neurologismo – biologicismo – organicismo – corporalismo

Su tesis central sería: “La verdad son neuronas, segregados de ellas, sinapsis entre las mismas, redes de interconexión neuronales, el mismo cerebro, productos del cuerpo humano, etc.”. Aunque a esta posición se ha llamado biologicismo, bien se le podría denominar neurologismo, cerebralismo, etc. Lo suelen defender en la actualidad algunos neurólogos (Crick, F., Koch, Ch., Edelman, G., Gazzaniga, M., Baars, B., Damasio, A., McGinn, C., Kandel, E., etc.), y también algunos filósofos (Quine, Ryle, Searle, etc.). Se trata, en rigor, de un sutil materialismo que se autocalifica de cientificista.

Sus fortalezas teóricas residen en el intento de buscar la vinculación entre el cerebro y la mente que, indudablemente, existen, y también en estudiar cada vez mejor el cerebro humano, su modo de proceder, sus zonas de asociación, sus enfermedades, etc.

Sin embargo, a la hipótesis del “neurologismo” se le pasa por alto algo sencillo que fue descubierto por la filosofía clásica, a saber, que el cerebro es el soporte orgánico de los sentidos internos (sensorio común o percepción sensible, imaginación, memoria y cogitativa), pero en modo alguno lo es de la inteligencia, facultad distinta y superior a las precedentes y que carece de soporte biológico. La filosofía clásica mostró que la inteligencia requiere de esos sentidos internos (más que de sus órganos o de sus facultades, necesita de los objetos por ellos conocidos), pues es de los objetos de tales sentidos –imágenes, recuerdos, proyectos concretos– de donde se abstrae, universaliza. De modo que esa filosofía aceptaba la vinculación entre ambos niveles del conocimiento humano. Sin embargo, en modo alguno aceptó la identificación entre lo material, neuronas, y lo inmaterial, ideas, en la que incurre el “neurologismo”.

El error de este neomaterialismo se puede rectificar por la conciencia. En efecto, si la idea fuera una neurona, un segregado, una sinapsis, una red interneuronal, o el cerebro mismo, esos asuntos fisiológicos aparecerían claros ante la mirada al conocer cualquier idea, pero obviamente no aparece ninguno de ellos en la idea conocida: no somos conscientes de ello. No puede objetarse que la conciencia sea un filtro que deje pasar las ideas pero no las interconexiones. Esto sí que sería un mero postulado incomprobable, porque no se sabría nunca qué función cerebral detentaría esa misión. Se abriría, además, un proceso al infinito, porque ¿a esa función qué actividad orgánica la explicaría?, ¿y a esta última?…

Punto de luz: si “la verdad se identifica con lo neuronal”, ¿por qué distinguimos entre la verdad y las neuronas?

Errores contra el conociemiento de la verdad y correcciones

Si los pareceres del capítulo precedente eran contrarios a la verdad conocida, los que en este apartado se revisarán son refractarios a la adecuación del conocer humano. Mientras los anteriores se referían al objeto conocido, los que siguen suponen una falta de comprensión del acto de conocer. En este apartado se tratará de algunas insuficiencias actuales en torno al modo de concebir la naturaleza del conocer humano. Estas deficiencias teóricas admiten pluralidad de formas. Frente a ellas se puede formular la siguiente tesis: Cualquier crítica contra la verdad del conocer humano es siempre una falta de conocimiento. La tesis que precede indica que cualquier error en teoría del conocimiento es siempre por defecto de conocimiento, nunca por exceso; es decir, no nos equivocamos nunca por pensar demasiado, sino por pensar poco.

Asimilación de los actos cognoscitivos a sus expresiones lógicas o lingüísticas

Hay cierta tendencia a confundir el acto de concebir con la definición, el de juzgar con la enunciación y el de razonar con la demostración. A su vez, estas expresiones lógicas de tales actos de pensar tienden a confundirse con sus expresiones lingüísticas: los conceptos con las palabras, la enunciación con la proposición y la demostración con el silogismo. Estas tendencias se observan en ciertas variantes de la filosofía analítica y del pragmatismo, e incluso en manuales de gnoseología y lógica que se encuadran a sí mismos dentro del realismo.

Este intento tiene una vertiente útil, pues sirve para formalizar la lógica e incluso para conformar aparatos que operen de modo lógico. Asimismo, la ganancia en exactitud de ese modo de proceder es indudable.

Pero el proceso de reducción de los actos cognoscitivos a representaciones sensibles tiene como punto desventajoso que compota un intento de ‘materialización’ del pensamiento, aunque se tenga la pretensión de poderlo estudiar más rigurosamente en un elemento sensible como es el lenguaje. Con esta reducción se pierde la índole de los actos de conocer –que son realidades inmateriales– y, asimismo, la naturaleza puramente intencional de los objetos conocidos –que son formas inmateriales enteramente remitentes a la realidad–.

Punto de luz: si “los actos de pensar son asuntos lógicos o lingüísticos”, conocer esta tesis también será un asunto lógico o lingüístico, en concreto una enunciación o una proposición. Pero entonces, ¿por qué distinguimos entre esta sentencia y el conocimiento de ella? Y de no distinguirlos, ¿acaso las enunciaciones y las proposiciones son cognoscitivas? Los libros están, desde luego, llenos de proposiciones; pero ¿conocen?

Agnosticismo

Este término se puede referir a muchos campos temáticos: en algunas ocasiones, a Dios; en otras, a cualesquiera otras realidades. En el primer caso su tesis diría: “no se puede conocer la existencia de Dios”; en el segundo: “no se puede conocer la existencia de tales o cuales realidades”. En la actualidad esta tesis está muy extendida en no pocos foros intelectuales, y también en la vida ordinaria de muchas personas. Usualmente, el agnosticismo se declara ciego respecto de verdades transcendentes. El agnosticismo radical sostiene que no podemos conocer con certeza ninguna realidad, por pequeña que ésta sea.

La afirmación del agnosticismo radical parece dramática, pero tiene a su favor que sospecha un descubrimiento no pequeño acerca del conocer humano, a saber, que éste no se puede consumar nunca; por eso, no cabe jamás un conocimiento exhaustivo o completo acerca de nada. En rigor, percibe que no somos el conocer divino. Si este descubrimiento lleva a cejar en el empeño de seguir conociendo, puede darse un estado de ánimo subjetivo de decaimiento. Por eso es explicable que este movimiento sea solidario de la falta de admiración, del aburrimiento, etc.

Tiene, sin embargo, en su contra, que sostener que el conocer humano no puede conocer de modo suficiente ya es, sin duda, conocer. Por tanto, la limitación del conocer humano no justifica la actitud de tirar por la borda todo conocer. Por otra parte, es curioso que una versión de cierto agnosticismo mantenga como un conocimiento absoluto la hipótesis de que no podamos conocer al Absoluto. ¿No es esto contradictorio? Por lo demás, en el agnosticismo el propio sujeto se considera a sí mismo en extremo difícil de conocer, e incluso, sin sentido.

Punto de luz: si el agnosticismo consiste en una falta de conocimiento, y declara que “no podemos conocer a Dios”, ¿en virtud de qué “sabe” que nuestro conocimiento no puede conocer a Dios? Si declara que nuestro conocimiento no puede penetrar en nuestra intimidad, ¿en virtud de que “sabe” eso? Si declara que no se puede conocer esto o lo otro o, en rigor, nada, ¿en virtud de que “conoce” que no podemos conocer nada? ¿No se contradice?

Fenomenismo

La palabra “fenomenismo” se ha empleado en la modernidad para designar a cierta tesis filosófica que sostiene que la razón humana no puede conocer nada más allá de lo sensible. Esta hipótesis queda referida a nuestro alcance noético y se puede formular así: “la razón humana sólo alcanza lo fenoménico”. Por “fenómeno” en la modernidad se entiende aquello que los pensadores de la tradición griega y medieval llamaban accidentes de la realidad física. Recientemente estos asuntos se describen como “lo que aparece” en la realidad sensible.

El fenomenismo cuenta con la verdad indudable de que nuestros sentidos perciben los ‘accidentes’ o ‘fenómenos’ de la realidad física (colores, sabores, olores, etc.), y asimismo, que nuestra razón puede hacerse cargo de ellos; tesis que admitiría cualquier realista.

Ahora bien, el descuido del fenomenismo radica en no advertir que conocer que un fenómeno es fenómeno no es un conocer fenoménico, sino un conocer que trasciende el fenómeno. Darnos cuenta de que tenemos este tipo de conocer, no es un conocer fenoménico, sino superior al fenoménico. De otra manera: si nuestro conocer sólo pudiera conocer según objetos pensados (que son intencionales aspectualmente respecto de la realidad física), estaría en cierto modo justificado el fenomenismo, pero no es así, porque el mero hecho de preguntar si se puede conocer extrafenoménicamente implica conocer más allá del conocer fenoménico.

Punto de luz: si “la razón humana sólo alcanza lo fenoménico”, ¿se conoce fenoménicamente la supuesta verdad de esta frase? Entonces, ¿por qué se mantiene como una verdad?

Behaviorismo – conductismo – costumbrismo

El vocablo ‘costumbrismo’ deriva del sustantivo ‘costumbre’; el de ‘behaviorismo’ es un nombre derivado del sustantivo inglés ‘behavior’ que significa comportamiento; el de ‘conductismo’ deriva de ‘conducta’. Con estas denominaciones sinónimas se designa a la corriente de filosofía del s. XX que, en nuestro punto, afirma que “el conocer humano depende de las costumbres y, en rigor, es una conducta”. El conductismo defiende que el conocer humano depende del aprendizaje, y éste de la repetición de acciones. En esta corriente de pensamiento se tienden a asimilar de modo implícito los “actos” y “hábitos” cognoscitivos a las costumbres, es decir, a las acciones transitivas.

Las fortalezas de esta hipótesis parecen cifrarse, por un lado, en la educación, pues si se admite que todo conocer humano depende de los usos conductuales, en la medida en que iniciemos a los niños en las buenas maneras o costumbres, dispondremos de una sociedad más educada, más culta. Por otro lado, otro punto a favor es que nota implícitamente la afinidad que existe entre de los hábitos de la razón práctica y las virtudes de la voluntad con las conductas prácticas. Sin duda que tienen cierta vinculación, pues los hábitos de la razón práctica y las virtudes de la voluntad dirigen nuestros usos manifestativos humanos, aunque sin identificarse con ellos.

Sus debilidades, en cambio, radican en que pretende entender lo superior, el conocer racional, asimilándolo a lo inferior, a los usos sociales. En rigor, se trata del desconocimiento del modo de crecer propio de la razón, a saber, la índole de los hábitos adquiridos, algunos de los cuales los adquiere –como notó Tomás de Aquino– con un solo acto. Si el conocer fuera una conducta, y ésta se adquiriese por repetición de actos, aprender el sentido de esta tesis requeriría la repetición de muchos actos. En cambio, nos damos cuenta de su sentido con un solo acto. Además, cuando entendemos su sentido, no nos damos cuenta de que esta tesis sea una costumbre incorrecta, sino de que es falsa.

Punto de luz: si “el conocer es una costumbre adquirida por repetición de actos”, esta tesis, fruto del conocer, también será una costumbre. Por tanto, sólo la podrá entender quien la haya usado repetidamente, no con una simple mirada. Por lo demás, como de las costumbres no se dice que sean verdaderas o falsas, sino buenas o malas, mejores o peores, ¿por qué esta costumbre se supone mejor, por ejemplo, que su contraria?

Hermeneuticismo

La palabra “hermenéutica” designa a una corriente de filosofía actual caracterizada por usar como método cognoscitivo la interpretación. Usar de ese método para todos los campos del saber por sostener que es el más fiable tal vez se pueda llamar “hermeneuticismo”. Con ese término se pretende designar la difundida tendencia actual a considerar que la interpretación es el método cognoscitivo no sólo más socorrido, sino también el más solvente. De acuerdo con esa disposición, se tienden a interpretar todas las cosas. Esta tesis se podría formular de varias maneras más o menos drásticas: “el mejor modo de conocer es interpretar”, “todo es interpretable”; e incluso, “todo conocer es interpretar”. Éste ha sido un método aplicado, desde su inicio y sobre todo, a los textos, para interpretarlos en su contexto cultural, social, histórico, político, etc. Es, por tanto, un método referido al pasado.

Sin duda alguna, la hermenéutica es un método conveniente, útil, y descubre muchas verosimilitudes que ayudan a entender mejor lo que se interpreta. Es ineludible para los textos, los cuales, obviamente, se refieren al pasado. Es un método propio de la razón práctica, porque está referido a asuntos contingentes.

Por lo mismo, no es pertinente usarlo en los temas propios de la razón teórica: los necesarios. No es correcto generalizar el uso de este método. En efecto, respecto de lo que es necesario y obvio, sobra el interpretar, porque hacerlo no sólo es perder el tiempo, sino tratar mal a las verdades indiscutibles, pues es considerarlas como si no lo fueran. Por ejemplo, carece de sentido interpretar si estamos vivos. Respecto de verdades como ésta, lo mejor no es interpretar, sino centrar la atención en la realidad pensada.

Punto de luz: si “todo conocer es interpretar”, también esta tesis será interpretable, es decir, no será una verdad necesaria, sino una verosimilitud que admite contrario.

Negación de la jerarquía cognoscitiva

Este modo de enfocar la teoría del conocimiento admite formulaciones diversas, según las instancias cognoscitivas a que se atribuya: “los distintos actos cognoscitivos son del mismo nivel”, “los diversos hábitos cognoscitivos son del mismo nivel”; en consecuencia, “las ciencias son del mismo nivel”, etc. Las primeras afirmaciones son inusuales, pero esta última tiene muchos defensores y está muy vigente en nuestra sociedad. En efecto, se sospecha que si no se mantiene que todas las ciencias valen lo mismo, se empieza a poner separaciones clasistas entre las diversas profesiones –como antaño (ej. ‘artes liberales’ y ‘artes serviles’)– y, consecuentemente, se mide a las personas según el oficio que desempeñan.

A la negación de la jerarquía noética hay que concederle que lleva a cabo esa actitud, de seguro, por defender a las personas. En efecto, juzgar al ser personal por su operatividad no es correcto, pues el obrar sigue al ser, no a la inversa. No es, pues, pertinente clasificar a los hombres en tontos y listos, sino en personas dignísimas más dotadas de inteligencia y personas tanto o más dignas con menor dotación intelectual. Esto es así porque la persona o intimidad humana es superior a sus facultades; superior, por tanto, a la razón y a sus distintos niveles cognoscitivos.

Sin embargo, por defender tal dignidad, esta propuesta doblega el modo propio del conocer humano, y esto no es correcto. De ser coherente con el planteamiento de la negación de la jerarquía noética, habría que sostener que el conocer que permite formular esta tesis estará a la misma altura que el que permite formular su contraria. Por tanto, ambos tendrán el mismo valor. Pero ¿no es contradictorio afirmar y negar algo sobre algo a la vez y bajo el mismo respecto?

Punto de luz: si “no hay distinción jerárquica de niveles cognoscitivos”, ¿por qué se mantiene que esta tesis sea superior a su contraria?

Neurologismo cognoscitivo – biologiscismo

En el capítulo precedente se ha aludido a la hipótesis del neurologismo veritativo, según la cual las ideas se reducen o identifican con neuronas. Ahora hay que registrar una tesis parecida, pero referida a los actos de conocer, no a lo conocido. Se puede formular así: “el conocer humano es una actividad cerebral”. En la actualidad sostienen este parecer ciertos estudiosos de las neurociencias, en concreto, algunos que centran su atención en los problemas mente–cerebro, así como algunos filósofos que parecen haber olvidado la fundamentación clásica acerca de la inmaterialidad de la inteligencia. A esta opinión también se la puede llamar naturalismo, biologiscismo, etc.

La prueba que aportan sus defensores dice así: ‘si se lesiona el cerebro, se acabó el pensar’. La parte de verdad de esta hipótesis está en que, como la inteligencia humana requiere para ponerse en marcha de la maduración de los sentidos internos, y éstos tienen su soporte orgánico en el cerebro, de tener lesiones en este órgano no se puede conocer racionalmente.

Pero lo que precede no significa que abstraer o pensar se identifique con el cerebro, como tampoco los actos y los objetos conocidos por los sentidos internos se identifican con él. Relación no significa identificación, sino justo lo contrario: sólo se puede relacionar lo diverso. La cuestión de fondo es que esta tesis no advierte que la materia no se conoce a sí misma, porque todo conocer es translúcido, mientras que la materia necesariamente conlleva opacidad.

Punto de luz: si “el conocer intelectual humano es cerebral”, ¿qué parte del cerebro conoce el sentido de esa frase? Si se responde que una concreta, la pregunta siguiente surge de inmediato: ¿qué parte del cerebro conoce a esa otra? Y así, sucesivamente. Se abre un proceso al infinito, y las sucesivas respuestas dejan la cuestión abierta. Si, por ansias de cerrar la cuestión, se responde que es la totalidad del cerebro el que conoce, la objeción es inminente: si a toda parte cerebral la conoce otra, a un cerebro lo deberá conocer otro distinto, y así hasta el infinito, pero obviamente el cerebro no se duplica.

Sustitución del conocer veritativo por el estadístico

Esta anomalía acepta el implícito de que “la estadística es el método cognoscitivo más fiable”. Que esta sustitución está vigente hoy en los medios de comunicación de masas es patente. Ahora bien, ¿es la estadística un buen método cognoscitivo?, ¿tal vez el mejor?, ¿se puede aplicar a toda la realidad? En la ciencia experimental la estadística declara que si se aplica la hipótesis X a un número determinado de realidades del tipo Y, surge tanto porcentaje de fenómenos Z. En asuntos humanos, enseña qué porcentaje de hombres X opina, sobre un tema en cuestión Y, una determinada opinión Z.

La estadística es un conocimiento útil, y ahorra mucho tiempo. Sirve, por ejemplo, para saber cual es el estado de opinión de un grupo de ciudadanos respecto de un tema. Por estadística alcanzamos, pues, una verosimilitud sobre algo, a saber, que cierto porcentaje de personas tiene tal opinión (que, desde luego, admitirá muchos matices en cada uno de los que opinan) sobre un determinado tema.

Pero la estadística no enseña por qué tales realidades que estudia la ciencia experimental son o responden así a los experimentos. Tampoco por qué los hombres opinan de una determinada manera, si han dicho la verdad, si su respuesta es correcta, etc., es decir, esta­dístic­amente no se sabe nada desde el punto de vista causal, o sea, con este método se desconoce el por qué y el para qué. Además, no podemos saber por estadística si la opinión de un determinado grupo es verdadera, o más o menos correcta. Por tanto, aunque el 100% de los X sostenga, sobre el tema Y, la opinión Z, no necesariamente Z es verdad. Estamos, pues, ante un conocimiento probable, no necesario. Por tanto, es claro que es la razón práctica la que actúa en este método; no la teórica. Esta advertencia nos da pie para notar a qué temas se debe aplicar este método, a saber, los contingentes, y en que temas carece de sentido utilizarlo, los necesarios.

Punto de luz: sustituir la verdad por la estadística ¿es aplicar la estadística? Es decir, ¿se somete la tesis de que “el método de la estadística es el modo de conocer más fiable” al método estadístico?, Y si se somete, ¿cuál es el resultado? Y aún sabiendo el resultado, ¿es éste verdadero o probable?

“Todo es opinable”

¿Quién no ha oído esta sentencia a la que también se podría llamar ‘filodoxia’ u ‘opinionitis’? Estos nombres son neologismos inusuales, pero pueden reflejar bien la doctrina que también se podría llamar opiniomanía. Se puede describir con una sentencia: “todo conocer se reduce a opinión”.

La opinión pertenece a la razón práctica; es el ámbito del diálogo, que tiene como tema lo probable. Los hombres deben opinar, pues así aprenden unos de otros, favorecen la sociabilidad, se educan en el mutuo respeto, etc. Todos los asuntos prácticos de la vida humana están sometidos a este parecer. Repárese en que las opiniones versan sobre lo contingente y accidental y por esto pueden ser plurales. En efecto, en las opiniones no cabe determinación en una única dirección (ad unum) que sea manifiesta. De modo que la opinión favorece el pluralismo, un valor en alza en las sociedades democráticas. Es bueno opinar, pero en los ‘asuntos opinables’, porque en ellos cuatro ojos ven más que dos.

Pero reducir todo el saber a opinión es una pretensión excesiva que no respeta la índole de ciertos niveles cognoscitivos humanos, justamente los más altos y los que son condición de posibilidad de la opinión. Por otra parte, lo probable debe decirse en orden a lo verdadero, no a la inversa. Esto indica que el fin de la opinión es la verdad, no al revés. Añádase, que la opinión debe tener como origen un conocimiento verdadero. En suma, el origen y el fin de la opinión no es la opinión, sino la verdad. Por lo demás, en los asuntos necesarios suele suceder lo inverso a lo que acaece en los prácticos, pues en ellos dos ojos pueden ver más que dos mil.

Punto de luz: si “todo es opinable”, también esta sentencia lo será. Por tanto, ¿es una actitud honrada intentar imponerla como una verdad indiscutible?

¿Qué es la verdad? El amor a la verdad

La verdad está en la mente

La verdad es el objeto del entendimiento. Se advierte que se da en cualquier nivel operativo de la inteligencia, pero no sólo se da a nivel operativo, sino también a nivel habitual. La verdad no es ni lo real extramental ni el acto de pensar, sino lo que de lo real conoce el acto. La verdad es el objeto conocido, al menos en el primer acto: abstracción. No es el acto el que depende del objeto abstracto sino al revés, por eso, a ese nivel, la verdad es lo que forma o presenta el acto. La verdad, por tanto, en sentido estricto, está en la mente. Sin mente que la conozca la verdad no se da. El fundamento de la verdad (el ser real) no es la verdad. La verdad no es ontológica, sino gnoseológica. En los actos de la razón la verdad no es ni lo real, ni el acto, sino lo que de lo real conoce el acto al confrontar con lo real lo abstraído. Lo real es real, es causa de la verdad que está en la mente, pero lo real no es verdadero ni falso, sino simplemente real. La semejanza se da entre lo conocido (objeto) y lo real. Más aún, la semejanza es lo conocido, que es ‘intencionalmente’ lo mismo que lo real. La verdad estriba en la comparación cognoscitiva, confrontación, adecuación, entre lo conocido y la realidad. En lo real no está la verdad, porque lo real no es semejante a sí, ni se compara a sí.

El objeto pensado es una ‘forma inmaterial’ que forma el acto de pensar, es decir, una forma iluminada por el acto de conocer. Caben mayores iluminaciones. El objeto es semejanza de lo real tanto en la razón teórica como en la práctica. En la primera, la realidad externa es causa, medida, del objeto pensado; en la segunda, el objeto es causa de esa semejanza (objeto modelo, boceto o causa ejemplar) y es medida, en cierto modo, de las cosas artificiales. El conocer, en su primera operación, no conoce explícitamente la índole distintiva de lo físico, recuperándola en otros actos. Por lo demás, lo neto en el conocer es el poseer, pero no posee lo real tal como lo real es, sino su semejanza (ej. el objeto pensado es como una fotografía sin cartulina o como un espejo sin vidrio).

Las verdades se distinguen jerárquicamente

Como disponemos de distintos niveles cognoscitivos, la verdad conocida en unos es inferior a la lograda por otros. La verdad es adecuación, concordancia, del entendimiento con lo real. La semejanza se da entre lo conocido (objeto) por el acto y lo real. La verdad es el objeto, lo conocido, pero no sólo él, es decir, considerado como si de un término se tratase, sino la misma adecuación en cuanto que conocida. Es el conocimiento del objeto en tanto que éste se adecua a lo real. La verdad, por tanto, no es explícita (conocida como verdad) en la abstracción, porque en ella no hay adecuación del acto con lo real, sino pura semejanza del objeto pensado. Tampoco en el concepto, porque en él no se conoce la correspondencia de su adecuación a lo real. El juicio conoce dicha confrontación y es la primera sede de la verdad, pero no la única, y además, el juicio, al igual que todas las demás operaciones de la razón son dependientes de instancias cognoscitivas superiores.

La verdad no se da en un sólo acto de la razón, sino en muchos. En otros se da la verosimilitud, esto es, la opinión. En los que se da la verdad, se da en unos más que en otros, porque los actos son jerárquicos, unos conocen más que los otros, y en los que se da la opinión, unos son más verosímiles que otros. De entre aquéllos en los que se da la verdad sólo en algunos se conoce que se da la verdad. Además, la verdad es más intensa en el conocimiento de los hábitos adquiridos.Y cabe conocer, asimismo, verdades más altas por encima del conocimiento racional: las verdades que conocen los hábitos innatos y el conocer personal.

Por otra parte, la verdad no es reflexiva porque ningún objeto pensado se refiere a sí mismo, sino a lo real. Tampoco el objeto se refiere al acto, porque el acto no aparece en el objeto pensado, ya que un acto no es un objeto, y no se puede conocer a modo de objeto, porque, por ser inmaterial, no se puede abstraer. El acto no es un objeto, una forma, sino una realidad de otro orden que no es físico, sino superior, inmaterial. El acto no se conoce a sí mismo, porque se agota presentando el objeto pensado, o confrontándolo con lo real físico. Los actos se conocen de otro modo, con actos superiores a ellos mismos: los hábitos.

La verdad humana no es temporal o eterna, sino presente

La verdad conocida por los actos de la razón humana no es ni temporal ni eterna, sino presente mientras se piensa, mientras la razón la presenta. No está ni antes ni después, sino presente al acto de pensarla. La verdad es lo conocido por el acto. Sería temporal o eterna si el acto que la presentara lo fuera, pero el acto no es ni de una ni de otra índole. El objeto se conoce en presente; es lo presentado por la presencia mental, que es el acto de conocer, pero el presente no es ni tiempo ni eternidad. En efecto, por una parte, a lo pensado no le afecta el tiempo; es decir, la verdad lo es independientemente del tiempo en que se piense, y por ello es intemporal. Por otra parte, si no se piensa, esto es, si no la presenta ningún acto de pensar, no es verdad ninguna. En consecuencia, la verdad humana tampoco es eterna, puesto que no siempre se piensa.

El amor a la verdad

“Todos los hombres desean por naturaleza saber”, escribió Aristóteles al inicio de su Metafísica, pero es verdaderamente filósofo (lo sea o no por profesión) quién se toma en serio su condición humana: la de ser buscador de la verdad. La filosofía es la búsqueda de la verdad, si es verdadera filosofía. Es ese saber que permite curar nuestra inteligencia de la ignorancia, del error, del aburrimiento, y también sanar nuestra voluntad del vicio, de la anemia, de la abulia. En efecto, la filosofía lleva consigo –para quien la ejerce– los más altos sentimientos en su inteligencia: el optimismo de encontrarla y la admiración cuando la alcanza; los mejores sentimientos o estados de ánimo en la voluntad: el anhelo de ella cuando se la busca, y el entusiasmo y exultación cuando se la posee. Y comporta también el mejor sentimiento para la intimidad o acto de ser personal: el gozo en la verdad (gaudium de veritate). Por contraste, la tristeza personal es el sucio poso que queda en el interior de quien renuncia a conocer y corresponderse personalmente con la verdad, por pequeña que sea.

La filosofía es ese saber en torno a la verdad, sobre todo, de las trascendentales. Ahora bien, la verdad como trascendental no es un asunto que implique sólo a la inteligencia, sino también a la persona que conoce. La inteligencia cuando conoce cada vez más verdad comienza a sospechar que la verdad le trasciende, es decir, que cada vez hay más verdad por conocer que verdad racionalmente conocida. Unas verdades que inspiren la vida creciente de la inteligencia sólo pueden estar fundadas en realidades transcendentes que existen separadas de la propia inteligencia y que son superiores a ella. La búsqueda intelectual (no racional) de esas realidades es el motor de la filosofía.

Sirven mejor al hombre las filosofías que descubren la verdad humana, es decir, la propia de quien indaga, a saber, las que se alcanzan tras poner en práctica del consejo de Agustín de Hipona: “no vayas fuera, vuelve hacia ti mismo. En el interior del hombre habita la verdad”. Estas filosofías son las que se ejercen con entero compromiso personal. Sin él, no se puede hablar de verdadera filosofía (y tampoco, de verdadera teología). Si la clave de la filosofía es la búsqueda de más verdad, de crecer en el conocer (y también la de la teología –ejercida desde la fe sobrenatural–), es absurdo despreciar un conocimiento tan connatural al ser humano (como lo es asimismo desdeñar un saber superior que se nos ofrece gratuitamente). Por lo demás, permanecer siempre abierto a conocer más verdad es ser cada vez más libre.

Humildad es andar en la verdad”, escribió Teresa de Avila. Como la verdad es el norte de la libertad personal, la humildad abre ella. Por el contrario, la soberbia enturbia, encapota el conocimiento y esclaviza a la persona que conoce, porque la cierra u obceca sobre lo ya sabido, e inhibe la esperanza de saber más. Por tanto, si el riesgo del filósofo es la soberbia, su remedio es tener la humildad de seguir siendo filósofo, en decir, seguir buscando más verdad. Sólo así el filósofo se encamina al fin último, que no es el éxito, el cual siempre es prematuro, sino –como decían los pensadores medievales– la bienaventuranza. Téngase en cuenta que tales pensadores –por contraposición a buena parte de intelectuales de nuestro tiempo– describían al hombre por correlación a la felicidad.

Consejos antiguos a tener hoy en cuenta

Lo que nuestra sociedad busca es el disfrute que proporcionan los placeres sensibles y el poder que ofrece el dinero o el poder. Con todo, tras estas ansias, la felicidad acorde con el ser humano no comparece. ¿No será que nos estamos olvidando de la verdad? Por eso no está de más recordar unos adagios medievales debidos a Tomás de Aquino. El primero dice que si se comparan por sus efectos el placer que causa el vino, el placer sexual, el del poder de gobernar y el de la verdad, “de modo simple la verdad es más digna, excelente y fuerte, porque las fuerzas corporales subyacen bajo las animales, las animales bajo las intelectuales, y las intelectuales prácticas a las especulativas” (Quodl. XII, q. 14, a. 1, co).

Nuestra sociedad camina, asimismo, demasiado deprisa por estrés laboral, multiplicidad de gestiones a resolver, inquietudes, pero en definitiva, parece no saber a dónde va. Ante dichas crisis nuestra sociedad tiende a refugiarse en las minorías: pocos amigos, reducidos grupos de instituciones deportivas, gastronómicas, culturales, partidos, etc. Pero también estas instituciones intermedias están aquejadas por la crisis. Seguramente porque “la verdad debe ser preferida a los amigos. Especialmente, pues, les conviene tener esto en cuenta a los filósofos, que son los profesores de la sabiduría, que es el conocimiento de la verdad” (In Ethic., l. I, lec. 6, n. 3). Conviene que nuestra sociedad (en la que se valora la verdadera amistad, precisamente porque escasea), y en especial los filósofos, prefieran la verdad a los amigos, al menos por dos motivos: uno, porque los amigos no pocas veces dejan de serlo, no son fieles, mientras que la verdad no cambia, permanece fiel siempre; otro, porque la amistad es un símbolo de la sabiduría, pues de quien hay que ser amigo, ante todo, es del saber.

Tras las crisis familiares y de amistad, la tendencia al individualismo parece ineludible. Pero las personas tampoco encuentran la felicidad tras la escisión y el atrincheramiento solipsista, seguramente porque la verdad se debe preferir incluso a uno mismo: “más se ama a sí mismo que a la verdad el que no quiere defender la verdad contra sí; así, es manifiesto que más se ama a sí que a la verdad el que no defiende la verdad frente a los adversarios, porque quiere la paz para sí” (Contra Impugnantes, pars 4, cap. 2, ad 5). Conviene, por tanto, que el filósofo no pierda de vista este objetivo, al menos en dos ámbitos: uno, ante un panorama intelectual como el nuestro en el que se defiende que uno no está obligado a manifestar la verdad cuando ésta perjudica los propios intereses; otro, ante la mentalidad generalizada de contemporizar con cualquier opinión para no oponerse a nadie y evitarse pasar un mal trance. Pero en ambas situaciones no sólo se perjudica a la verdad, sino a uno mismo y a los demás, porque las inteligencias y las intimidades personales sólo crecen en la medida en que se adhieren a la verdad, pues sin esa conformidad no cabe felicidad.